Papá, siento haberte decepcionado

Papá, siento haberte decepcionado

A ti, lector: ¿quién eres?

Suelo formular la pregunta de esta manera

¿quién es ___________________ (inserta tu nombre aquí)?

Te propongo tomarte unos segundo para responder antes de seguir leyendo.

Llegados a este punto, tanto si has contestado, como si no, es probable que te hayas quedado primero sorprendido. Luego, en blanco o pensativo. Luego, que te hayas preguntado por dónde iba mi mente.

“¿Referido a qué?” “¿Qué aspectos debería considerar para responderte?”.

Y, luego, es probable que te hayas lanzado con unas cuantas y escasas cosas.

Si no te he pedido que rellenes un número de oraciones y si no has hecho este ejercicio antes, lo más probable es que en un primer y espontáneo intento no haya una ristra muy larga.

Lo sé, porque es la pregunta con la que, casi siempre, empiezo terapia con una persona. Los pacientes suelen recibirla con los ojos muy abiertos y automáticamente miran para arriba, buscando respuestas.

Probablemente, cuando empieces a conectar con respuestas, mencionarás tu sexo o tu género, tu edad, tu puesto en la familia (como, por ejemplo, “soy hermana pequeña”) y, antes de darnos cuenta, llegaremos a lo que has estudiado o a tu puesto de trabajo.

 A lo práctico.

Y está bien.

Una de las áreas de la autoestima en la que nos evaluamos las personas es el ámbito laboral o académico.

Ahora, quiero compartir contigo otro dato que aparentemente no tiene nada que ver, pero que más tarde se relacionará con todo esto.

Hace unos días, interesándome por el tema, leí que Bronnie Ware, que dedicó parte de su vida a ser enfermera y a acompañar a personas que pronto iban a fallecer publicó un libro donde comparte las cinco cosas de las que más se arrepiente la gente antes de morir:

1 No haber vivido la vida que se deseaba y haber malvivido la que otros querían o esperaban de él.

2 No haber dedicado más tiempo a la familia, al habérselo dedicado mayormente al trabajo.

3 No haber mostrado más claramente los propios sentimientos.

4 No haber cuidado la relación con amigos.

5 No haberse permitido a uno mismo ser más feliz.  

En resumen, podríamos agruparlas en dos sacos: haber sido más fieles a nosotros mismos y haber cuidado más los vínculos importantes.

Si nos paramos a observar, al morir nadie suele lamentar no tener más títulos universitarios. Como mucho, entiendo que lo que alguien podría lamentar al respecto es tener más conocimiento, para sentir mayor riqueza interior, mayor nexo con el mundo, para tener mayor sensibilidad…

Este es un gran problema social.

Y, aquí, empieza la carta con la que, tal vez, algunos se sientan identificados.

Papá, siento haberte decepcionado.

Cuando era pequeño, llegabas a casa prácticamente a la hora a la que muchas veces me iba a dormir y generalmente poco tiempo había para compartir. Baño, algún cuento rápido los días que no estabas muy cansado y a la cama. Tú te quedabas hasta más tarde, pero yo me iba a dormir antes. Era pequeño y “los niños buenos se tienen que ir pronto a la cama”. A veces pensaba, cuando te ibas o cuando casi no nos veíamos, que lo hacías porque yo había hecho algo mal. O, mejor dicho, que no había hecho nada bien para que estuvieras conmigo. O que tenía que haber hecho algo mejor, para conseguirlo.

Pasaba gran parte de mi día con otras personas y, cuando llegabas, muchas veces notaba tu cansancio si yo ponía alguna dificultad a irme a dormir solo o si lloraba de más. O si tenía algún desbordamiento emocional. Las mal llamadas “rabietas”.

Cayeron cachetes, comentarios despectivos o gestos de hartura, deseando que me callara y que no diera problemas. Un niño lo lee como si se quisiera que no existiera porque era una carga para ti. Era humillante y me partía el corazón.

Cuando empecé a crecer te perdiste aquella obra de teatro que era tan importante para mí, faltabas a las reuniones de mi colegio y no sabías lo que me preocupaba no encajar.

A lo largo de nuestra historia, intentaste enseñarme a hacer torres con los bloques de madera con los que jugábamos, a teledirigir aquel coche que me regalaste, a hacer sumas, a hacer integrales, a elegir carrera… Y siempre estuvo en tu boca o en tu gesto “¿pero no ves que así no se hace? La forma correcta es esta”. Y aquel tono de impaciencia que siempre tenías.

Me recordabas las cosas que se me olvidaban con frases que bien podrían haber terminado en un “ya estamos otra vez”, “qué torpe eres”, “a ver cuándo dejas de ser así”.

Probablemente, si lees esto, te preguntes: “¿qué necesitabas, hijo?”. Tan solo que fueras testigo y compañero de mi aprendizaje. Tan solo que te admiraras conociendo cómo iba asociando mi cabeza los conocimientos. Que me lo señalaras. Cómo aprendía mil formas de cómo no hacer las cosas, hasta, finalmente (o no), encontrar la mía. Que te enorgullecieras de la persona que soy, sin importar el resultado, el producto. Porque yo era todo el producto que necesitabas. Que estuvieras tan orgulloso de lo que hacía como tú pensabas que estaba mal, como de lo que hacía como tú pensabas que estaba bien. Sin importar cómo era, realmente.

El problema… es que yo moría un poquito más cada vez que tú no me dabas amor como yo necesitaba.

Moría un poco más cuando eso que yo necesitaba oír y, sobre todo, sentir, de la forma en que lo necesitaba, no llegaba. Eso que hoy llamo sentirse aceptado, válido y querido incondicionalmente, pero que entonces no sabía cómo llamarlo porque rara vez lo tenía.

Y, hoy, que somos mayores, echo la vista atrás y siento una pena tremenda. Porque yo moría y tú también lo hacías, porque te volvías un poco menos humano y porque te perdías partes de mí. No te nutrías de nuestro vínculo. Lo vivías con angustia, con miedo, con control. Esperando a que llegara el momento en que todo estuviera hecho en mí. Te equivocaste, papá: ese momento, aquel en que somos todo lo que pudimos ser, es el de nuestra muerte.

Y, lo peor de todo, es que mi cabeza sabe que me querías. Pero, como te cuento, quizás hice algo mal porque mi corazón pocas veces pudo sentirlo.

Te quiero, papá y lamento haberte decepcionado. Los dos nos iremos de esta vida incompletos, porque, en tanto yo no sea el hijo que tú esperas, tú te echarás la culpa de ser el padre que no ha conseguido que yo llegara a donde tú piensas que supuestamente tenía que llegar. Quizá yo no sea quien tú esperabas, pero tú siempre has sido mi ídolo y la única persona a la que quise impresionar. No tenía que llegar a años luz, sino a tu corazón y tu aceptación y eso siempre ha parecido estar más lejos aún (…)”.

Aquel padre se centró en que a sus hijos no les faltara comida, que estudiaran, que trabajaran. Que no dieran problemas. Y que no los tuvieran en ningún futuro posible de los miles que imaginó.

Aquel padre educó y vivió el vínculo con su hijo de la manera en que aprendió con su experiencia, siendo hijo.

Sin embargo, aquel hijo, es el que ahora me mira a los ojos y describe en terapia su carrera o ausencia de ella como uno de los pocos puntos de referencia para enfrentarse a un “¿quién eres?”. Porque es lo único que sus padres supieron mirar y valorar y lo que les enseñaron a hacer.

Hasta ahora, nadie me ha descrito sus sueños, sus anhelos, sus puntos fuertes… ni ha respondido un “soy una persona querida por sus padres”.

Ojalá llegue el día en que esto aparezca en la lista de más personas, antes de sus ocupaciones.

Me despido de ti, lector, compartiendo esto contigo: si desglosamos la palabra “amor”, podemos encontrar razonablemente esto en su composición: -a (negación) y -mors, mortis (muerte).

El amor es lo único que no muere.

Es lo único que nos hace no morir en vida. Es lo único que nos importa cuando la vida se nos escapa entre suspiros. Es lo que aparece en la lista de más frecuentes arrepentimientos antes de morir. El amor propio y el amor entre personas.

El amor de un padre solo llega de cierta forma: con paciencia, con complicidad, con orgullo, con respeto, con tiempo de calidad, con admiración, con humildad, con calidez, con afecto, con calma. Con aceptación. Con incondicionalidad.

Ten buen día, lector.

Patricia Serra

Psicóloga en Unidad Focus

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