La crianza para el porvenir: la gran mentira

La crianza para el porvenir: la gran mentira

Con un título así, no queda mucho espacio para la aproximación gradual. Tras esa grandilocuente propuesta, solo puedo ir directamente al grano: El paradigma en el que se ha basado nuestra educación, nuestra crianza, todavía la de nuestros hijos y seguramente la de nuestros nietos, falla.

El problema es que los padres y madres, en general, harían lo que fuese necesario para lograr el bienestar de sus hijos, pero, si lo que siempre se ha dicho que garantiza ese bienestar estuviese mal,

¿Entonces qué?

Y es cierto, en la crianza de los niños normalmente se sigue esa máxima de que “el fin justifica los medios”, por lo que para conseguir que estudie, coma bien, duerma bien, se cepille los dientes y no conteste a los mayores, los padres a menudo sacrifican incluso su propio bienestar por lograrlo. Con su bienestar, me refiero a que a veces el cuerpo les pide hacer otra cosa, tanto para su hijo como para sí mismos, como consolarlo cuando sufre, dejarlo descansar, descansar los padres, pero… “uf, es que tiene… TIENE que terminar los deberes” ¿No?

Es un juego al que jugamos todos, al que siempre se ha jugado así, aunque en algunos aspectos se ha mejorado mucho, en otros puede ser incluso peor. Si dudo de si forzar hoy a mi hijo con esos deberes, la retroalimentación de esos grupos de padres por whatsapp, el profesor que ahora está obligado a notificarme por protocolo cada pequeña incidencia que ocurra, mi cuñado cuya hija siempre saca notas excelentes o mis padres, que “ya sabes como son”, me podrían bombardear con pequeñas sugerencias, miradas, o directamente críticas hirientes, para que “eduque mejor a mi hijo”.

El miedo por los hijos es inherente a la paternidad, así como la culpabilidad.

El caso es que parece que vale la pena, porque, aunque le grite a mi niño, no pase tiempo de calidad con él, le reprima, le castigue o incluso le fuerce, le amenace o le pegue, al menos sacará buenas notas, tendrá la cama hecha, el cuarto ordenado, será obediente… Le estoy garantizando un futuro lleno de felicidad, seguridad, bienestar ¿Verdad?

Yo no salí tan mal.

¿No? La mayor parte de los padres y madres pueden decir, mis padres no pasaron ese tiempo de calidad, me reprendieron, me castigaron, me obligaron a muchas cosas que no quería, pero he llegado hasta aquí, tengo este trabajo, sobreviví. Obvian, a menudo por poca conciencia de ello, el sufrimiento que llevan a rastras, su propia ansiedad, sus propios miedos, tristezas e inseguridades.

Y aquí llega la trola.

Resulta que lo que más aumenta la probabilidad, desde un solo factor, de que todo ese conjunto de cosas… el estudiar, comer bien, dormir bien, hacer deporte, congeniar con los demás, intimar con los demás o simplemente llamémosle “cuidarse en general”, es La Autoestima. Y aquí alguno dirá “al obligarle a esas cosas, logro que las haga, y es cuando no las hace cuando le baja la autoestima porque suspende o tiene los dientes pochos, ergo ya hago guay eso de la autoestima”. Pues no. Resulta que, en busca de ese Por Venir, por ese futuro de ciudadano cumplidor, normalmente lo que sacrificamos es el vínculo familiar, nuestra relación con los hijos y su percepción de que son queridos incondicionalmente.

Generamos un efecto de “soy querido si y solo si, cumplo las expectativas puestas en mi”.

Ya sé, sé que le queréis, pero los niños no leen mentes, leen emociones, y cuando a un niño pequeño le muestras tu enfado o disgusto por la nota de la profesora conforme tiene que hacer más matemáticas, no recibe “debería esforzarme más por mi futuro como ingeniero”, recibe solo Decepción. Si decepciono, es que soy menos querido, aumenta mi inseguridad, mi creencia íntima de que se me quiere solo por existir disminuye. Y no, no es como siempre me dicen los padres, que haya “que dejarles hacer lo que quieran”, los niños también necesitan límites. El problema es que se ponen demasiados y con demasiado poco cuidado al lenguaje no verbal de los padres, que es lo que más marca a los niños. La mirada de enfado, el tono de voz de rechazo o preocupación, esas cosas que creemos que no notan, también porque nadie nos ha enseñado lo contrario. Y es que resulta que era ese dichoso vínculo familiar (lo que más sacrificamos por su futuro), lo que más correlaciona con la autoestima. Un gran trozo de la autoestima de los niños se basa en su relación con sus padres, los cuales cuando sus hijos se han vuelto algo autónomos, en la preadolescencia y adolescencia, muchas veces se sorprenden de que sus hijos no deseen su compañía, como si los muy desagradecidos no se diesen cuenta de lo mucho que se habían esforzado sus padres siempre por su futuro, pero claro… es que para que quiera sentarme a comer contigo, tenemos que tener un buen vínculo.

¡Pero no es por eso! ¡Es por estar con el dichoso teléfono!

Ya, es que la autoestima de los niños la determina mucho el vínculo familiar, pero la de los adolescentes la determinan mucho más sus iguales y parejas potenciales, para qué va a querer sentarse contigo, si la relación está venida a menos por la ingente cantidad de normas que he tenido que cumplir y encima mi propio cerebro ya no te necesita como antes, cuando era niño y eras el centro de mi mundo.

Tampoco me entendáis mal, el paradigma educativo anterior tiene sus ventajas. Para mandar a los niños a la guerra o a la fábrica y que empleen adecuadamente la ansiedad, la depresión, la disociación, las drogas… para todas esas cosas y más está genial machacar un poco ese irritante vínculo familiar. Ahora, para tiempos de paz y civismo, de pachangas con amigos, trabajos en los que me sienta algo realizado o serie y mantita, va mejor el nuevo, os lo garantizo.

No quiero cerrar esta idea con vosotros sintiéndoos culpables o perdidos, por un lado, todo ser humano lo hace todo siempre lo mejor que puede en base a sus circunstancias del momento. Los queréis, queréis lo mejor para ellos y os habían informado mal, durante siglos se ha informado mal. Además de que el sistema en el que habéis nacido también funciona en base a unos intereses distintos a la calidad de salud mental de vuestros hijos, si no, ¿Cómo va a ser positivo mandar a niños de pocos meses 8 horas al día a la guardería? ¿Es eso lo que le pide el cuerpo a una madre? O “déjalo llorar, para que no se malacostumbre” ¿No te pide el cuerpo calmarlo? Os habían informado mal, y muchas cosas no sabréis cómo se arreglan, buscad que os informen de nuevo, buscad ayuda. Acudir a profesionales especializados que os orienten.

Si, el paradigma está roto, pero eh, luz al final del túnel, si estáis leyendo esto, sois la punta de lanza del cambio, pioneros en la nueva crianza

Xabi Pensado

Psicólogo en Unidad Focus

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