Entendiendo las emociones

Entendiendo las emociones

Vivimos en el mundo del conocimiento, pero seguirnos siendo emocionalmente analfabetos. Ni siquiera conocemos ni manejamos el vocabulario necesario. Por ejemplo, ¿cuándo habéis utilizado por última vez la palabra aflicción? ¿y aprensión?

En esta serie de artículos profundizaremos en el mundo de las emociones, orientando y reflexionando sobre qué, cómo, por qué y para qué recorrer la senda desde lo percibido hasta lo sentido.

Supongo que casi todos hemos visto la película Del revés o Insight out y, si no la habéis visto, ¡ya estáis tardando! En esta película se representan las diferentes emociones básicas que tenemos los seres humanos (miedo, tristeza, enfado, alegría y asco) como pequeñas personitas en nuestro cerebro que llevan los mandos de nuestras acciones y pensamientos.

Todas las emociones son innatas y automáticas, y desencadenan comportamientos que buscan la supervivencia. Cada emoción tiene asociadas unas reacciones físicas que son iguales para todos los seres humanos por muy diferentes que sean nuestras culturas. Por tanto, las emociones y sensaciones físicas asociadas son nuestros sensores. Sin embargo, en nuestra cultura, que le da más importancia a la funcionalidad y la productividad, las emociones pueden considerarse el enemigo, aquello que nos aleja de nuestros objetivos y nos puede hacer sufrir.

De hecho, volviendo a la película, la protagonista vive bajo el control de Alegría hasta que se cambia de ciudad y echa de menos su anterior hogar, sus aficiones, a sus amigos, … Cuando esto sucede Tristeza busca obtener el mando, sin embargo, todas las emociones se escandalizan intentando eliminar ese sentimiento y seguir manteniendo el mandato de Alegría. La niña, en este intento por controlar las emociones que siente acaba generando no solo la eliminación de Tristeza, sino también de Alegría y el caos en la identificación del resto de emociones, generando que Enfado tome el mando.

Eric Cassell definió el sufrimiento como “el estado especifico de distrés que ocurre cuando se percibe una destrucción inminente del individuo; y continúa hasta que la amenaza de desintegración ha pasado o hasta que la integridad de la persona puede ser restablecida de alguna otra manera”. Por ejemplo, si nuestro padre/madre ha muerto esto nos genera mucho dolor puesto que en ese momento estamos pasando un duelo (estado de distrés que nos genera tristeza, enfado, miedo, etc) que nos dificulta el seguir con nuestra rutina diaria y disfrutar del bienestar (es decir, vemos amenazada nuestra integridad al dificultar nuestra adaptación al medio y, por ende, nuestra supervivencia), esto puede generarnos un sufrimiento, hasta que podemos adaptarnos a la nueva situación. Visto así, resulta lógico que nuestro cerebro pueda ver el sufrimiento como un peligro y, en su búsqueda de la supervivencia, genere mecanismos para paliarlo. Por ello, a veces, podemos haber aprendido, de forma inconsciente, un mecanismo que nubla, genera distancia o anula nuestras emociones y/o reacciones somáticas, es decir, nuestras referencias sobre lo que ocurre y cómo nos afecta.

Cuando vivimos con estos mecanismos, es como si actuásemos en piloto automático y, aunque nuestro cuerpo es sabio y es capaz de vivir así por largos períodos de tiempo, acostumbra llegar un momento en el que empieza a emitir señales más y más vívidas y sonoras para que le hagamos caso. Sería como las alarmas que empiezan por pequeñas y tenues emisiones de sonido que van alargando y subiendo el volumen hasta que reciben una respuesta satisfactoria.

Las emociones que no son expresadas, nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de peores formas” Sigmund Freud

Habrá personas considerarán que esta definición de sufrimiento que realiza Cassel asociada a las emociones es una exageración. Sin embargo, me gustaría que nos parásemos a pensar en el miedo que podemos sentir cuando nos ataca un perro grande y malhumorado o cuando estamos al borde de un precipicio y nos tropezamos; en la tristeza que sentimos cuando perdemos a un ser querido. Podría poner más ejemplos, pero creo que son dos que representan suficientemente bien emociones tan intensas que nos generan un gran sufrimiento que parece que no se va a acabar nunca, que puede generar la sensación de que está en juego nuestra supervivencia. Por ello, algunas personas tienen miedo a sentir emociones; sin embargo, sentir emociones no es inherente a sufrir, el no saber gestionarlas sí.

El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” Buda.

Hay una diferencia considerable entre sentir dolor y sufrir. Así como el dolor es genuino y necesario para vivir; el sufrimiento se asemeja más a una elección, no solo intervienen emociones también pensamientos. A menudo tendemos a confundir ambos términos, sin embargo, sufrir es no querer mirar al dolor, querer evitarlo. Por ejemplo, no es lo mismo que nos pellizquen por sorpresa o que nos preparemos para recibir el pellizco, gestionamos el dolor de forma diferente. Así como cuando no lo esperamos podemos sufrir por ello, cuando lo esperamos sentimos un dolor que aceptamos y dejamos que siga su curso, sin sumergirnos en el sufrimiento.

Cuando sentimos, a veces podemos tener la sensación de que esa emoción durará para siempre e intentamos controlarla, hacernos dueños de ella. Pero la realidad es que las emociones son innatas, naturales, no podemos controlarlas ni cambiarlas, cuando intentamos hacerlo lo único que conseguimos es taparlas haciendo que continúen como en un segundo plano y generándonos un gasto de energía aún mayor. Lo que sí podemos es aprender a convivir con ellas de forma compasiva, aceptándolas, entendiendo su función y atendiendo sus necesidades, dándonos cuenta de que son perecederas, tanto aquellas que nos producen agrado como las que nos producen desagrado o rechazo. De hecho, la filosofía budista habla de la ley del cambio, que nos habla de que estamos en constante cambio, en un permanente fluir y que todo es perecedero y nuestras emociones no pueden ser menos.

En relación a esto, en la película, Alegría empieza a entender gracias a una serie de acontecimientos que Tristeza es necesaria para que la protagonista pueda seguir con su vida y que ello no significa que deje de ser feliz, sino que le ayuda a funcionar mejor y a alcanzar el bienestar. Con ello, la protagonista aprende a regular sus emociones sin censuras, dándose permiso y aceptando que puede doler, pero huir no es la solución, sino que genera más problemas.

Por ello, necesitamos darnos permiso para sentir sin censuras, recordando que, como dijo Heraclitus, “no hay nada permanente excepto el cambio”.

Para poder seguir comprendiendo mejor las emociones, en el próximo artículo hablaremos sobre la función de las emociones, ¿para qué nos son útiles?

Aurora Veiga, psicóloga en Unidad Focus

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