Cuando no entendemos a nuestros niños

Cuando no entendemos a nuestros niños

¿Qué hacemos? ¿Cómo de importante es llegar a comprender a los niños? ¿Cómo de relevantes son los contextos y ambientes de relación del niño?

Con demasiada frecuencia escucho a padres y madres quejándose de los comportamientos de sus hijos, expresando lo cansados, desesperados e irritados que están por su “mal comportamiento” o por la mala conducta de los niños, todo acompañado de una larga lista de acciones que ejemplifican lo que “hacen tan mal, o no hacen, sus problemas de impulsividad, sus recurrentes estallidos de ira, mal carácter,” etc. Otros, acompañan la queja de comportamiento con altas dosis de preocupación por su bajo rendimiento escolar, falta de atención, concentración, etcétera.

¿Y cuál suele ser la respuesta de éstos hacia eso que supuestamente les ocurre a sus hijos?.

Cuando nuestros hijos no aprenden en la misma forma en que los adultos fuimos educados, o, mejor dicho, no en la forma en que padres, profesores y sociedad esperan de ellos, solemos recurrir a respuestas dominantes.

De este modo, cuando los niños actúan de una determinada manera, a la que solemos denominar como “mala”, lo que hacemos es intentar “controlar su comportamiento”, dejando un mensaje claro: “Algo están haciendo mal nuestros hijos, algo no está bien en ellos”. Incluso en los libros para padres encontramos ejemplos como: en un intento de modificar su conducta.  ¿Y funciona?, ¿A quién/es?

El problema de este acercamiento es que es limitado en su planteamiento y en la forma de adquirir una mayor comprensión sobre por qué y para qué hacen lo que hacen tus hijos.

Los niños/as no actúan como forma de activar unmal comportamiento”, si no que cuando no encuentran un lenguaje común y compartido para expresar en palabras lo que sienten y necesitan, entonces tienen que actuar comportarse” de alguna manera para dejar constancia de su mensaje.

Los niños, tus hijos siempre están haciendo cosas, siempre están actuando y parece que los adultos nos obcecamos en las mismas respuestas habituales, esta es de nuevo, la de controlar su comportamiento”.  Y de este modo, lo que hacemos es responder más a la forma de su mensaje que, al contenido de éste, a lo que realmente quieren decir o expresar, y después nos preguntamos ¿Por qué esto no funciona?

Entonces la respuesta es…, si se lo has dicho unas cien veces que: “deje de hacer eso que hace y tanto te molesta”, lo criticas, lo juzgas, castigas, aíslas o te apartas, discutes con él/ella, les gritas y cierras toda opción de diálogo, de expresión y de acercamiento, y aún siguen haciendo lo mismo…, ¿Quién tiene el problema de aprendizaje?  Lo que tenemos que preguntarnos en lugar de gritar, amenazar, o enfadarnos es preguntarnos, , ¿Cuál es el verdadero sentido de su conducta? ¿Qué origina esas conductas?, ¿Cuál es su función y las razones por las que, a pesar de la insistencia en cesarla o modificarla, continúan repitiéndola?

Cuando un niño, se comporta de forma impulsiva, agresiva, se muestra demasiado emocional, o exagerado; tendemos a enjuiciarlo, castigarlo o a aislarlo, o dejarlo en una habitación solo y a veces, durante horas. Y de nuevo, seguimos intentando limitar o restringir su comportamiento, pero de lo que no nos damos cuenta es que fisiológicamente el niño necesita algo totalmente diferente.

Lo que necesita es un acercamiento emocional con un adulto/padre-madre nutritivo/a para regular su neurofisiología, eso es lo que necesita en ese momento.

La experiencia de vinculación, de conexión y de diferenciación con los otros y el mundo es la gran reguladora de la emoción.

La regulación del afecto incluye dos tipos de regulaciones: la interna (autorregulación) y la externa (por medio de la regulación social, los otros y las interacciones con ellos). Por tanto, no es un proceso individual si no que es un proceso de co-construcción, inicialmente con nuestros cuidadores y después con los otros y con nuestros iguales a lo largo de nuestra vida.

 Un ejemplo

Cuando un niño/a está estresado y empieza a alterarse o comportarse de forma brusca, impulsiva, u otras y se acerca al adulto para que le ayude a calmarse, si éste le atiende, escucha, contiene su emoción, le hace sentirse escuchado y querido/a, y permite ese acercamiento con regularidad. El niño/a podrá llegar a sentir predictibilidad y estabilidad en el adulto, así como confianza en que puede acercarse al adulto sin ser reprendido, enjuiciado o no entendido. Conexión hemisférica derecha de madre a niño- niño a madre

La arquitectura del cerebro es construida en un proceso continuo que empieza antes de nacer, continúa en la adolescencia, estableciéndose una robusta o frágil fundación para toda la salud, aprendizaje y conducta.  La interacción entre genes y experiencia dan forma a los circuitos de desarrollo del cerebro y es críticamente influido por la capacidad de respuesta mutua de un adulto a un niño y principalmente en la temprana infancia, así como por los entornos parentales. La clave del problema es “la relación de respuesta mutua y de reciprocidad de un adulto a un niño”.

Haciendo alusión a la teoría de impronta de Lorenz, nuestros padres, madre y padre, con sus modelos de vinculación y cuidado constituirían «nuestro modelo fijado» que comienza a construirse desde los inicios de su existencia y que se hará especialmente relevante en momentos críticos y sensibles de vida para el cachorro humano de estar en el mundo, así como para aprendizajes, identificación, cuidado, defensa, convivencia, cuyo objetivo último es la supervivencia del individuo y de la especie.

El niño debe sentir por medio de su experiencia interna y subjetiva que está a salvo, y seguro con sus figuras parentales. Y las figuras de apego son su primera toma de contacto con el mundo y son de vital importancia para el desarrollo de la personalidad del niño.

La plasticidad cerebral hace que a medida que el cerebro del niño va madurando, a partir de las experiencias que vive, vaya aprendiendo a relacionarse, a amar, a defenderse, regularse emocionalmente, etc. Así, va adquiriendo recursos propios que le ayudan a poder calmarse por sí mismo, a través del apego generado con sus figuras parentales y familiares, que son quienes le aportan la seguridad para poder realizar dicho aprendizaje.

Cuando las figuras de apego no están disponibles, o existe negligencia, abandono, o lo están de forma ansiosa, autoritaria, rechazante, intermitente, y/o ambivalente, el niño se verá afectado por ello. Su modelo de vinculación y afiliativo, de confianza y seguridad con el otro y consigo mismo, se desarrollará desde la inseguridad, la falta de cuidado o autocuidados, la desconfianza y el miedo a relacionarse y explorar el mundo. Cuidadores ineficaces, insensibles en la lectura de las necesidades del niño e inefectivos en la satisfacción de éstas favorecen la creación de modelos mentales inseguros.

Conclusión

El reto es quedarse, escuchar a tus hijos desde los oídos de un corazón abierto y aceptante, atender y curar sus heridas internas, validar su dolor y ejercer como padres con grandes dosis de amor y escucha compasiva. En definitiva, estar presentes para ellos.

Almudena Murillo

Psicóloga en Unidad Focus

 

3 thoughts on “Cuando no entendemos a nuestros niños

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