Vagos por naturaleza

Nuestro cerebro es vago por naturaleza.

Sí, lector/a, ese órgano que tan buena fama tiene ha ido modificándose a lo largo de nuestra evolución para acabar rigiéndose por la ley del mínimo esfuerzo.

A lo largo de su evolución, el ser humano no se ha caracterizado por ser un animal demasiado rápido, fuerte o con los sentidos desarrollados. Sin embargo, sí que hay algo que hace bastante bien: adaptarse. Sabemos que nuestros ancestros procedían de África así que, obviando que se trató de un proceso lento y continuado, podemos llegar a la conclusión de que estos tataratastaratastara(…)tatarabuelos las debieron de pasar canutas para afincarse en zonas como el ártico, amazonas o estepa siberiana.

Esta adaptación se debe a que nuestro cerebro ha sabido reorganizarse constantemente y que ello le ha servido para sobrevivir en diferentes entornos. Este reajuste que permite el cambio de comportamiento e ideas en el ser humano se debe gracias a las neuronas de nuestro cerebro y a su capacidad para reorganizarse.

Estas células encargadas de transmitir información mediante impulsos eléctricos son también las “culpables” de nuestra rigidez mental. Esta cualidad también recibe el nombre de plasticidad. Las conexiones sinápticas, descritas en “Cómo aprende el cerebro” (Blakemore & Frith, 2007), se dan al liberarse sustancias químicas (neurotransmisores) desde el botón terminal de la neurona transmisora que se unen a los receptores de la neurona receptora dando lugar a un potencial de acción o impulso eléctrico.

Recordemos que el cerebro era vago, pero la culpa no es de él en sí mismo sino de las neuronas que lo forman.

Debemos tener en cuenta que en cuanto haya la más mínima sospecha de que algo novedoso que ocurre en el ambiente empieza repetirse, las neuronas de nuestro cerebro empezarán a generar nuevas conexiones para que la respuesta más eficiente sea la primera al que haya que recurrir. Es decir, siempre va a coger el camino más corto y con más utilidad pudiendo llegar a generar nuevas vías y/u objetivos finales. Es decir, pudiendo llegar a aprender.

Algo cambia en nuestro cerebro cada vez que aprendemos algo nuevo, sea una cara, una palabra o una canción. Por tanto, las conexiones neuronales que sufre constante e inevitablemente nuestro cerebro son las que dan lugar al aprendizaje.

En conclusión

A partir de ahora ya no podemos escudar(nos) en la típica frase “es que es muy cabezota”. Sabemos que el ser humano es capaz de modificar sus comportamientos e ideas, de adquirir conceptos nuevos y de adaptarse a nuevas situaciones.

Y esto, querido/a lector/a es un don maravilloso que debemos aprovechar.

Daniel Patiño

Maestro miembro de Unidad Focus

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