Superpadres

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Hay muchas cosas importantes en la vida, pero cuando te conviertes en padre o madre, hacer que tus hijos sean felices se convierte en tu propósito de vida. En el camino de la crianza, te vas encontrando con manuales y titulares como “7 claves para ser buenos padres”, cómo ser un padre perfecto”, “guía para ser mejor madre”, etc. Puede que hayas probado suerte con alguno y tu sensación sea que nada funciona con tu hijo.

Es por ello, que un gran porcentaje de los que estáis por esta página buscando información, artículos o, simplemente, buscando unas palabras o caras que os den confianza, no vengáis por vosotros, sino porque pensáis que hay algo que va mal en vuestros chicos.

Tras observar que “hay algo que no funciona en ellos” (que tu hijo es más inquieto que los otros, más triste, más vago o saca peores notas que otros) pruebas suerte con estrategias de cosecha propia como intentar seguirle más de cerca siendo más estricto y controlador, pegar voces, limitar el tiempo de PlayStation o amenazar con castigos que, en muchas ocasiones, no vas a cumplir.

Cuando las broncas son mayores y las distintas estrategias no funcionan, (incluso ves que tu hijo está más enfadado o triste que antes) es cuando decides buscar ayuda profesional, a veces con la idea de que te ayuden a “arreglar al chico”. Aunque muchas veces el chico no está roto; otras muchas, está “roto emocionalmente”, porque hemos ido a ciegas en eso de que cumpla las expectativas de mamá y papá.

En la primera sesión, llega normalmente ese momento de genialidad en el que te das cuenta de que no es tu hijo el que tiene un problema y no está funcionando.

Resulta que él está presentando unas dificultades que tú, como padre/madre (y demás familia) no estabais cualificados para poder ver y, por ello, no las gestionabais de forma adecuada.

Así, las interacciones entre vosotros estaban empeorando la situación de toda la familia.

Después de ese momento en el que descubres que no es un problema suyo, sino que tú eres parte de ello, suele llegar otra invitada a la fiesta a raíz del miedo y de las inseguridades… LA CULPABILIDAD, que se presenta así:

“1. f. Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta.

  1. f. Hecho de ser causante de algo.
  2. f. Der. Omisión de la diligencia exigible a alguien, que implica que el hecho injusto o dañoso resultante motive su responsabilidad civil o penal.
  3. f. Psicol. Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado.”

Cuántas veces habrás pensado “tendría que haberme dado cuenta antes”, “podría hacerlo mucho mejor”, “no sé qué puedo hacer” o “no puedo más, me saca de quicio”. Y cuántas veces habrá aumentado la culpabilidad por tener este tipo de pensamientos, que no son más que la consecuencia del dolor y del arrepentimiento.

Para abordar el sentimiento de culpa, es necesario perdonar(se) a esa parte interna (tuya) que quiere ser un súper padre/madre y abandonar ciertas creencias que vienen de la mano (“me gustaría hacerlo siempre bien”, “estar siempre presente”, “siempre disponible”, “nunca debería perder los nervios”, etc.).  A partir de ese momento, la idea de padres/madres perfectos deja de ser una máxima, a favor de los padres/madres suficientemente buenos (o, lo que es lo mismo, los mejores padres que podamos ser).

Esta nueva forma de entenderlo es fundamental en un programa de intervención llamado Circulo de Seguridad parental, del que capto algunas ideas que aparecen en este artículo. Este programa tiene como objetivo establecer un vinculo de apego seguro con los hijos (más info en el libro La intervención del círculo de seguridad” de Kent Hoffman, Glen Cooper y Bert Powell).

Estos padres suficientemente buenos, se equivocan constantemente, pero hay unas necesidades que cubren por un tiempo suficiente y ayudan a que su hijo sea más feliz y seguro, a la vez que reparan aquellos daños que a veces ocasionan. Estas necesidades pueden ser: de exploración de su entorno, de vigilancia (estar pendientes de él de forma presente y tranquila, no controladora), de alegrarse por él, de acompañar, de regulación emocional (no significa estar siempre bien, sino poder estar de una manera determinada en un contexto determinado y de forma proporcionada), etc.

Es importante comprender que, como padre/madre, no puedes seguir siempre todas las necesidades que surjan en tu hijo (porque trabajamos, porque hacemos deberes con su hermano, porque acompañamos a la abuela al médico, etc.) pero siempre que sea posible nos haremos cargo, dando cada vez mayor autonomía al chico/chica.

Hay algunos bloqueos e interrupciones que se pueden dar en este difícil camino de ser un padre suficientemente bueno y que están muy relacionados con: el tipo de apego que recibieron los progenitores; posibles traumas del hijo o de los progenitores; estrés vital (problemas económicos, de pareja, laborales, etc.); dificultades durante el embarazo y/o parto; separaciones físicas de los hijos; hijos en adopción; etc.

En cuanto a una línea más emocional y de trauma, nos encontramos en sesión con muchos problemas actuales en los que el pasado está gritando a voces ser atendido y pidiendo que se cubra alguna necesidad del niño que fue. Con esto, me refiero a padres que, por ejemplo, proyectan en sus hijos aquellas carencias que ellos tuvieron durante su infancia y sus padres no supieron/pudieron cubrir. Lo que deriva de esto es que su hijo, que tiene otras necesidades distintas, tampoco se siente a salvo ni feliz, porque no está siendo visto por sus figuras de apego (la historia se repite).

Para revisar esto, pregúntate de vez en cuando, ante algún conflicto con tu hijo:

¿de dónde viene esto?, ¿quién me decía esto?, ¿es lo que yo necesité?, ¿o es lo que necesita mi hijo?, ¿hay algo de mi pasado que resuena con esto?, etc.

Si hay algo de tu experiencia que choca una y otra vez en la crianza de tus hijos, sería recomendable indagar en ello y tratarlo con un terapeuta. Recuerda que esto no era un problema únicamente de tu hijo y lo que tú trabajes a nivel personal repercutirá en vuestro vínculo.

Si has llegado hasta esta parte del artículo, te habrás dado cuenta de que la culpabilidad, en términos de “hacerse cargo o hacerse responsable”, puede ser positiva y no un bloqueo. Si lees de nuevo las definiciones, quizá ahora las veas como una posibilidad de cambio y, sobre todo, de reparación del vínculo con tu hijo. El hecho de que estés aquí, buscando información o buscando ayuda profesional, ya te hace un padre suficientemente bueno.

Espero que este artículo te haya servido para replantearte algunas creencias paralizantes y para conectar con la responsabilidad en un mundo en el que, constantemente, se ofrece una nueva y mejorada versión de cómo ser el padre o madre perfectos.

Carla Rodríguez

Psicóloga en Unidad Focus

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