Se huele, se siente, se pide, se aclama. Se exige

Todo apunta a que el cambio en el sistema educativo es inminente, claro que no por ello será un cambio rápido. La historia nos muestra que ciertas cosas cambian muy rápido y que otras necesitan varias generaciones. No cabe duda de que los cambios educativos son siempre lentos y, aunque no nos demos cuenta, ya estamos inmersos en él. La educación que recibieron nuestros padres de sesenta años no es, en absoluto, parecida a la que hemos recibido los que hoy rondamos la treintena. La que reciben los chicos de hoy es muy parecida a la que hemos recibido nosotros pero, sin duda, es muy distinta a la que recibirán los que ahora mismo son recién nacidos. Nos enfrentamos a un paradigma social, a un gran cambio de estructura que ha sido generado por las nuevas tecnologías e internet y que ya ha transformado radicalmente casi todos los sectores de la sociedad.

La educación, como animal lento que es, se ha resistido a este cambio, y aún se resiste, pero cada día que pasa parece más evidente que no podrá quedarse inmóvil durante mucho más tiempo.

Se escuchan voces lejanas que auguran cambios,  aparecen en el horizonte nuevos y diversos modelos, noticias en el periódico, comparaciones con países extranjeros que, según dicen, ya realizan estos cambios (aunque la realidad en estos países no sea, ni por asomo, la que nos cuentan).

No es necesario ser vidente o adivino para darse cuenta de que el sistema educativo, tal y como lo conocemos, tiene los días contados. Pero como siempre ocurre en los cambios, la incertidumbre sobre la dirección que se debe tomar asusta. Y mucho. Es natural que esto ocurra, es ya la clásica batalla entre conservadores y progresistas.

Los conservadores quieren quedarse en lo que funciona, aunque no funcione del todo bien, los progresistas quieren avanzar, aunque casi nunca se ponen de acuerdo hacia dónde.

 

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Eso entorpece y enriquece el avance.  Lo entorpece porque divide las fuerzas del avance y lo enriquece porque, al diversificar las direcciones, se obtiene una probabilidad más alta de modelos que puedan tener éxito. Unos arriesgan y sienten que no tienen nada que perder. Otros optan por la seguridad de no cambiar, de permanecer en lo conocido, de atrincherase con frases del tipo pues a mí me educaron así, y no salí tan mal o eso te hace fuerte, porque la vida es dura. De este modo, justifican su inmovilismo y se resisten a ver una realidad que no está ni a diez metros de distancia.

Los que quieren animar al cambio nos hablan de lugares donde ya ha empezado, y nos lo venden como un cambio ya terminado. En realidad, nos hablan de centros donde se está cambiando, pero nos lo cuentan como si fueran países enteros donde el cambio ya ha ocurrido.

En Finlandia se habla de la educación emocional japonesa cuando de lo que se quiere hablar es de la educación emocional en un centro experimental en Japón. Esto es exactamente igual que cuando nosotros hablamos de la educación finlandesa, cuando a lo que nos referimos es a la metodología de ciertos centros finlandeses. Estos son intentos de ganar adeptos, creyentes y practicantes de un cambio que parece hoy por hoy cuestión de fe aunque, en mi opinión, es la más clara de las certezas. El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa, ¿qué opciones tiene el sistema educativo de permanecer inmóvil? 

Cuando un objeto recibe presión, cambia en el interior. Se reestructura primero física y luego molecularmente. Eso ocurre con casi todo. La presión que soporta a día de hoy el sistema educativo es bastante grande. Cada vez se les exige más a los profesores pero, al mismo tiempo, cada vez se emplea metodología más obsoleta y dista demasiado con la actualidad tecnológica. Se está cada vez más lejos de aquello que la ciencia y la pedagogía demuestran que es eficaz y útil para el aprendizaje. Nunca se ha estudiado tanto para aprender tan poco. Nunca se ha dado tanta importancia a unos contenidos tan inútiles para el futuro de las personas. Nunca un título fue tan imprescindible para ser considerado ciudadano.

Esto nos obliga a realizarnos una serie de preguntas: qué aprender, cómo aprender, cuánto aprender, con qué fin  y, sobretodo, a qué precio merece la pena aprender. Toda esta presión ejercida de la sociedad sobre el sistema educativo se materializa.

Aula invertida (en inglés flipped classroom), gamificación, aprendizaje por proyectos, aprendizaje cooperativo, aprendizaje natural-vivencial, etc. son sólo algunas nuevas formas de entender la educación. Son pequeños trozos, sutiles movimientos que, en un futuro no muy lejano, se  convertirán en una gran revolución educativa que, sin duda, está empezando a cocerse. Toda la sociedad está implicada, no es un problema de maestros o de políticos. Todos formamos parte de este proceso, ya sea favoreciendo el cambio, o resistiéndonos a él.

Los cambios nunca dejarán de ser cambios. Siempre darán miedo, siempre tendrán riesgos, aunque parece evidente que el mayor riesgo es no arriesgar.
La única pregunta es qué papel tomaremos dentro del inevitable proceso. ¿Cómo empujaremos o frenaremos este cambio?

Os recomiendo que abráis vuestro buscador habitual y pongáis hackea tu cole, o hackea tu aula. Yo ya lo he hecho, sólo falta que lo hagáis vosotros.

Javier Estévez – psicólogo y psicopedagogo. director de Unidad Focus.

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