Reflexionando sobre emociones

Hablar desde nuestras emociones es un tema muy básico y enormemente complicado a la vez. Generalmente, nos damos cuenta de que sentimos emociones cuando nos desbordan: “Perdí los nervios cuando pasó…”, “no pude aguantar más y lloré”, “me saca de mis casillas”, “no era yo” son algunos de los ejemplos. Con el tiempo, se fueron acumulando diferentes emociones y se fueron conteniendo hasta que, al final, no se pudieron acumular más y la persona explota. Esta reacción suele ser desagradable y viene acompañada por un sentimiento de culpa e incontrolabilidad de la emoción.

Entonces, nuestro cerebro deduce que las emociones son sensaciones que no podemos controlar ni gestionar.

Estas deducciones de nuestro cerebro son erróneas, ya que no solo sentimos emociones cuando nos desbordan, sino que también las sentimos en todos los momentos de nuestra vida y, para que estas no nos sobrepasen, tenemos que aprender a gestionarlas.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto identificarlas y percibirlas? Desde pequeños nos han dado multitud de señales para racionalizar las emociones, desde las expresiones más sociales como “los niños no deberían llorar” o “las niñas no deberían discutir” a las más personales como “sí, sentí tristeza, pero se me pasó en nada” o “claro que sentí rabia, pero muy poca” y, de este modo, se muestra cómo menospreciamos las emociones. Si la emoción no es adecuada socialmente o no es intensa, no deberíamos sentir nada y la bloqueamos. Y, si sentimos esa intensidad, pensamos en frases como “no tendría que estar triste” o “me da rabia tener tanta ansiedad” para intentar regularlas. Cada una de estas frases (y sus múltiples variantes) dan a entender que para controlar las emociones debemos sentir lo que es lógico sentir y bloquear el resto. Otra deducción errónea.

Toda acción que hagamos, todo pensamiento que haya en nuestro cerebro, todos los comentarios o actuaciones de las otras personas y todas las sensaciones se acompañan de una emoción. Mientras has estado leyendo este artículo también te habrán aparecido diversas emociones. Pero ¿por qué no sentimos estas emociones hasta que no son muy intensas? En la gran mayoría de las situaciones, la emoción no es lo suficientemente fuerte para que prestemos atención. Por ello, únicamente prestamos atención cuando la intensidad es elevada, como sería una gran frustración o una gran alegría.

Pondremos una analogía para explicar cómo identificamos las emociones. Para ello, relacionaremos la intensidad emocional como si fueran gotas de agua. Así, cualquier situación genera gotas, más o menos cantidad dependiendo de la regulación emocional que se tiene. Si la situación no genera suficientes gotas para ser relevante, no seremos conscientes de que sentimos una emoción. Seremos capaces de percibir la emoción cuando la cantidad de gotas aumente sustancialmente. Por ejemplo, somos conscientes de que sentimos enfado cuando una persona se le cierra el ordenador sin haber guardado el trabajo hecho durante horas. Dependiendo de la regulación emocional de la persona, esta puede responder con un desborde de la emoción, un bloqueo emocional o una regulación emocional.

Si a la persona la desborda la emoción sentirá una gran rabia por la injusticia de haber trabajado para nada. En este caso, el grado de gotas será demasiado intenso para que la persona pueda dosificarlas adecuadamente y perderá los nervios. Este hecho hará que la conducta de esta persona sea más agresiva, ya sea a nivel verbal “gritar a la persona que está al lado” o a nivel conductual “dar un puñetazo en la mesa”. Este desborde de emociones es muy visible para las personas de su alrededor, con frases como “ve a tomar el aire y, cuando te tranquilices, vuelve” o “déjalo/a, ahora no es él/ella”.

En el caso de que la persona gestione la emoción mediante un bloqueo emocional, es como si pusiera un tapón en la salida de las gotas de agua. Así, si no caen gotas, no puede sentir la frustración. Un truco muy eficaz para bloquear la emoción es aplicar la lógica a la situación, diciéndose a sí mismo “no sirve de nada enfadarse”. Cada vez que no caen las gotas de agua que deberían caer, el tapón emocional va haciéndose cada vez más grande. También hay que tener en cuenta que el receptor del agua va deteriorándose debido a que no recibe nada. Siguiendo el ejemplo de perder el trabajo hecho, estas personas no sienten rabia, ni tristeza, simplemente vuelven a ponerse a redactar lo que habían perdido o hacen cualquier otra cosa como si no hubiera pasado nada. Las personas de alrededor suelen utilizar expresiones como “es una persona fría, calculadora, lógica”, “no le afecta nada”, “es de piedra”


Estos dos patrones de bloqueo y desborde emocional no son mutuamente excluyentes entre sí. De hecho, suelen presentarse juntos, debido a que una persona que tiende a bloquear la emoción va acumulando el agua en el orificio de salida. Así que, muchas veces, la persona expresa emoción de forma repentina llorando viendo una película o escuchando una canción. Este hecho explica que la emoción lleva bloqueada durante mucho tiempo y, cuando el tapón no puede aguantar más, se abre y se desborda, aunque la situación no tenga relación. Esto se refleja en frases como “estaba viendo esta película y no sé por qué, pero noté que me caían las lagrimas”, “me levanté de la cama llorando” y muchas otras expresiones que aluden a este hecho. Por otro lado, una persona constantemente desbordada, a veces necesitará poner un tapón para poder parar todo el flujo de agua y para que no se resienta el orificio de salida.

Una regulación emocional adecuada nos permite darnos cuenta no solo de que caen gotas de agua, sino también de la cantidad y del tipo, es decir, de las emociones percibidas. Este hecho será imprescindible para poder aprender a gestionar la cantidad de gotas que una persona puede asimilar. Además, es importante tener en cuenta la elevada variabilidad emocional entre las personas. Hay personas en las que las gotas de agua serán grandes y esto hace que sean más sensibles a las situaciones, es decir, el orificio de salida de las emociones es mayor. Otras personas tienen la gota de tamaño más pequeño y sienten las emociones menos intensas, siendo el orificio de salida más pequeño. Independientemente del tamaño de las gotas de agua, una buena regulación emocional se produce cuando la persona sabe identificar sus propias emociones y sabe gestionarlas adecuadamente para que no se desborde ni se tapone la sucesión de gotas.

Volviendo a la situación de que perdemos el trabajo hecho en el ordenador por no haberlo guardado, la emoción principal que sentiremos es rabia. La sabremos identificar porque entenderemos que el significado de la rabia es la injusticia, siendo comprensible sentir la situación como injusta, dado que se ha trabajado para nada. Entendida la emoción que se siente, podemos saber la cantidad de gotas que genera esta emoción. Si es poca cantidad, podríamos valorar si reescribir la tarea, buscar alguna forma de recuperarla o cambiar de tarea para seguir haciendo otras cosas. En el caso de que la cantidad de agua sea mayor, las personas suelen necesitar parar la tarea, expresar la emoción que sienten con la finalidad de poder exteriorizarla y aceptar la caída de gotas como un hecho natural.

Por todo ello, es importante aprender a ver que en toda situación caen gotas y que bloquear la emoción solo hace acumular esas gotas para que después salgan sin control. Una vez que aprendamos que la caída de gotas es inevitable, será enriquecedor saber cómo gestionar el grifo para saber regular la cantidad de estas.

Ferran Vilalta Abella

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