Racionalizando el racionalizador

Racionalizando el racionalizador

Racionalizar es una estrategia de las muchas que las personas tenemos para afrontar las situaciones. El problema de cualquier estrategia es cuando se instaura como la única accesible. Tanto las estrategias como las herramientas tienen su utilidad en diferentes situaciones, tal como un destornillador para atornillar tornillos y una sierra para serrar, pero …

¿qué pasaría si solo tuviésemos un destornillador y tuviésemos que cortar? O, por falta de trapos, ¿querer limpiar la cocina con un destornillador?

Cuando se ponen ejemplos del día a día, podemos ver como una única herramienta no nos es útil en todas las situaciones y tenemos que valorar todas las que tenemos y seleccionar la que mejor se adecúa a cada situación. En la mente de las personas, esta elección no es consciente. Generalmente, utilizamos la misma estrategia para todo tipo de situaciones, eventos o problemas que nos vamos encontrando durante la vida, sin ni siquiera darnos cuenta de que siempre utilizamos el mismo destornillador para todo.

La herramienta de la que me gustaría hablar hoy es la racionalización, es decir, tener la capacidad para encontrar la lógica de la situación. Pensemos en personas muy racionalizadoras, que buscan la causa de todo, las que siempre tienen una buena explicación para cualquier cosa que pueda ocurrir. Todos conocemos a alguien que hace estas lógicas o, incluso, nos podemos sentir identificados con el escrito. Sin embargo, aunque a veces nos puede ayudar el utilizar esta herramienta, podemos acabar cayendo presos de ella.

En las personas racionalizadoras aparece la necesidad de tener el control constante y absoluto, intentando saber lo que pasará, calculando probabilidades y evitando hacer o ir a ciertos sitios si anticipan que pasarán ciertas cosas que pueden no gustarles o aborrecerles. Esta necesidad de control también se hace patente cuando se intentan gestionar emocionalmente, controlando todas las emociones, sean agradables o desagradables, porque no pueden permitirse descontrolarse. Sin darse cuenta, vuelven a ser presos de la necesidad de control, ya que cuánto más intentamos controlar las cosas, más percepción tenemos de que no las controlamos.

Otro problema es que una persona que racionaliza de forma automática también lo hace cuando le pasa algo bueno. Una vez pasado el evento agradable piensa, en retrospectiva, que es mejor no alegrarse por eso, ya que es normal, es lo que tocaba. Como siempre, sin darle importancia a las emociones. Por ende, la persona ni está mal, ni está bien, intenta mantener un equilibrio y, como consecuencia, se cae en una apatía constante de la vida. Las respuestas más habituales a la pregunta de cómo está es «bien».

Generalmente, cuando acuden a consulta suele ser porque un familiar o la pareja está sufriendo, pero expresan que a él o a ella no les ocurre nada.  Sin darse cuenta, cada vez que utilizan la racionalización, su mente va creando una barrera en su cerebro y los va alejando de la incertidumbre, de la vulnerabilidad y acercando más a la ilusión de control y de un aparente bienestar. Por ello, cuando se les pregunta cómo están o qué problema tienen, argumentan que están bien, que no tienen ningún problema, que no les pasa nada. Lamentablemente, no es posible que alguien no tenga en algún momento ningún problema, ni que esté siempre neutral, no es posible no tener emociones.

Las emociones son una fuente instintiva e innata de conocimiento y nos ayudan a reaccionar de forma adaptativa al entorno.

Los humanos no podemos decidir no tener emociones, ya que están en nuestra biología. En cambio, sí que nos es posible no percibir las emociones que sentimos debido a utilizar muchas veces la herramienta de la racionalización. Una de las consecuencias de ello es tener más dificultad para adaptarse rápidamente a las situaciones dado que tenemos menos información. Como dijimos antes, al utilizar siempre la misma herramienta, la persona tenderá a responder siempre con la misma estrategia en situaciones diferentes, es decir, aplicando una lógica aplastante.

En el caso de gente que racionaliza, si la situación es técnica, esta estrategia es buena ya que es capaz de solucionar problemas prácticos. En cambio, si la situación requiere un análisis emocional, aplicar esa estrategia no tiene una utilidad, ya que en una conversación emocional los parámetros de la lógica no se adecúan.

Durante nuestra vida, nos aparecen más situaciones emocionales que racionales. Es más, la mayoría de las situaciones entremezclan las emociones y la razón, conceptos difícilmente separables. Por ello, la estrategia de racionalización por sí sola, solo es útil en situaciones muy concretas, pero en la gran mayoría de las situaciones no lo es.

Al comprender que estas personas sufren, al buscar los motivos por los que mantienen esta estrategia, vemos que son muy variados. Generalmente, son personas que, en algún momento de su vida, se sintieron indefensas y con falta de control de la situación. Es posible que ese evento no esté accesible en su recuerdo o que esté minimizado, expresando que «no fue para tanto». Pero lo fue. En ese momento necesitaron racionalizar, sobreentender la situación, sentir que tenían el control, que no eran vulnerables.

Aunque las personas racionalizadoras parezcan fuertes, seguras de sí mismas, echadas para adelante, autónomas… en realidad están sufriendo por dentro.

Ellos no se sienten así, pero, a la vez, necesitan sentirse así. Por ello, cuando alguna situación o alguien les haga dudar de parecer fuertes, seguras, que nunca fallan, empezarán a argumentar (probablemente, con muchos argumentos) que eso no es así. De hecho, en este punto es probable que se empiecen a contradecir o a decir ciertas mentiras. Un ejemplo que he visto muchas veces en sesión es una persona que argumenta que no ha fallado nunca; no obstante, cuando empiezas a indagar, te das cuenta de que no es que no falla, sino que deja de intentar las cosas porque le dejan de interesar. Si nos fijamos bien, el problema radica en el concepto de fallo y en la atribución del mismo.

Intentar que la persona vea su problema acaba siendo contraproducente, ya que su defensa se hará más fuerte e impenetrable. Para que vea como oculta su realidad, tendremos que ir poco a poco para que vaya asimilando que la defensa se construyó por algún motivo y que, muy probablemente, aunque ya no haya motivo, la estrategia continúa estando. También se empezará a dar cuenta de que la herramienta les está dañando a ella y a los de su alrededor. Poco a poco irá entendiendo que, cuando no puede asimilar el daño, racionaliza. Si una persona que utiliza constantemente la estrategia de racionalización, de repente, se hiciera consciente del sufrimiento que tiene en el interior, le podría provocar un daño difícil de asimilar. Por lo tanto, por mucho que un allegado intente que un racionalizador sienta las emociones, será muy difícil de conseguir, ya que, si algo le llegase a afectar, lo más probable es que racionalice aún más para que eso que le afectó dejase de hacerlo.

Volvamos a pensar ahora en aquella persona racionalizadora que nos viene a la cabeza o si nosotros mismos nos hemos sentido identificados en este escrito.

Finalmente, podremos empezar a comprender ahora que la necesidad de racionalizar, en realidad, es porque está sufriendo, aunque no sea consciente de ello.

Ferran Vilalta psicólogo en Unidad Focus

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