“Qué” dices NO. “Cómo” lo dices.

«Qué» dices NO. «Cómo» lo dices

El qué y el cómo en la comunicación están totalmente mal ubicados en nuestra sociedad, otorgándosele gran relevancia siempre al “qué” se dice e incluso buscándole siempre matices a la corrección lingüística, ya sea verbal o escrita, cuando en realidad, el gran protagonista absoluto debería ser siempre “El Gran Cómo”.

El contenido verbal de un mensaje es importante, pero en comunicación entre personas, es tremendamente más importante la comunicación paraverbal o no verbal, incluso en un texto escrito (¡ALA QUÉ BURRADA!).

¿Ah sí?

Atrévete a decir que no has leído lo que he escrito con un tono de voz concreto y luego además atrévete a decir que no influyó ese tono en la forma en la que leíste e interpretaste el texto. Si además me conoces de vista, atrévete a decir que no te has imaginado mis gestos o expresiones.

¡JA! Te pillé

Y acabas de leer esto de nuevo con un tono, velocidad y timbre muy concretos, además de seguramente visualizar que te señalaba con el dedo índice a una velocidad sorpresiva y acusadora

En casa, entre m/padres e hijo/as, esto cobra una relevancia mayúscula, siendo esa comunicación no verbal un determinante, incluso un factor de riesgo o protección, de cara a la salud mental de los hijos, y en realidad, de todos los habitantes de la casa.

Paraos a pensarlo (y necesito que lo hagáis porque no voy a añadir audios al artículo).

¿Acaso no os han dicho nunca un “te quiero” que sonó menos sincero o intenso que otro? ¿Suena igual el “te quiero Abuela” de despedirse en una llamada telefónica con un “te quiero abuela” de despedirse con la abuela delante con cara de que va a echarse a llorar? ¿Suena igual el “te quiero nieto” que dice la abuela con esa cara sin articular ni una palabra? ¿Llega igual? ¿Hace el mismo efecto en ti?

El por qué de este artículo es la cantidad de veces que me encuentro con padres y madres obsesionados con decirles a sus hijos cosas, las que sean, una y otra vez. Racionalizar cada hecho, conducta, instrucción, hasta la saciedad y el aburrimiento, esperando así estar educando a sus hijos. Y cuando digo “educando” suele significar “que el niño haga lo que necesito que haga o lo que mi preocupación me dice que tiene que hacer para que mi ansiedad baje”. Y todo esto obviando o desconociendo por completo, el efecto de la comunicación no verbal o paraverbal, centrándose exclusivamente en las palabras.

¿Qué es eso de comunicación no verbal o paraverbal?

Pues todo eso que no son las fascinantes palabras que obsesionan a la gente. Ese tono que usas, esa cara que pones, esa velocidad del habla, esa postura de los hombros.

Podría poneros un par de datos, como que en comunicación la parte verbal solo supone un 7% de la información que se transmite o que en conflictos entre personas el 90% de los mismos se producen por una mala comunicación, pero prefiero que caigáis de la burra con ejemplos, porque en realidad, esto ya lo sabíais.

Lo habéis vivido cada día de vuestras vidas, mirad, os voy a llamar tontos de varias formas y vais a sentir cosas muy distintas:

“jaja, que tonto, para”

“¿Otra vez? Pero mira que eres tonto”

“Tonto tú”

“¡Alaaaa, que tontooo!”

“Tonto, claro que nos acordamos”

 

Diréis “pero tío estás usando recursos como las exclamaciones que se podrían considerar lenguaje verbal, te contradices”.

Pero a ver, ¿Os recuerdo lo que pasó antes?

Habéis completado cada frase con vuestra imaginación, le habéis otorgado cara y voz a esas frases, hasta os habéis imaginado si llevan tirantes, falda o un pijama, no me vengáis con esas.

No voy a condensar en este artículo un curso sobre comunicación en el hogar, por hoy voy a conformarme, y sentirme extremadamente dichoso de hecho, con que exclaméis

“¡Pues es verdad que no lo tenía en cuenta!”.

Espero que ese pequeño momento de descubrimiento o redescubrimiento, ayude a emprender el camino de la autoobservación en el Cómo habláis con vuestros hijas y vuestras hijos y abandonéis parcialmente el “¿Qué narices ha escrito ahí?”. Que empecéis a comprender que la crudeza de vuestras palabras puede doler, pero la emoción que va detrás es lo realmente significativo.

Si necesitáis un truco para llegar más lejos en la comprensión de esto, pensad en un bebé que todavía no entiende vuestro fluido idioma y, sin embargo, puede sonreír, llorar o asustarse, aprender a hacer o dejar de hacer, sin una sola palabra. Ese mismo bebé puede estar construyendo en ese mismo instante un autoconcepto y una autoestima más favorable o desfavorable, solo porque el bicho grande con barba o gafas que tiene delante, le está transmitiendo con la mirada aceptación plena o rechazo. Recordad que ese adolescente que contesta con furia al escuchar su propio nombre, todavía sigue siendo un mamífero, todavía comparte con el bebé la relevancia que tiene en su interpretación de las situaciones el con qué cara, tono, volumen, postura, le están diciendo las cosas.

Recordad que a vosotros también os está pasando, esto ya os lo sabéis, solo que alguien os hizo obviarlo.

Xabier Pensado, psicólogo en Unidad Focus

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