La ventana del aprendizaje

Planteemos una metáfora

Tenemos una ventana como la de la foto. Para realizar un aprendizaje, debemos colarlo por la ventana. Cada vez que las cosas entran en la ventana, aprendemos algo. Y, siempre que aprendemos, lo hacemos porque nos atribuimos a nosotros mismos lo ocurrido y, de esta manera, adquirimos las conductas que nos llevan al acierto y desechamos las que nos llevan al fallo.

Sin embargo, esto no siempre ocurre y no siempre aprendemos algo, ya que muchas veces no realizamos esta atribución a nosotros mismos, no proyectamos lo ocurrido en un locus interno saludable que nos permita realizar un aprendizaje y, como se diría popularmente, «echamos balones fuera».

«Echamos balones fuera», ¡qué gran expresión! Encaja como un puzle en nuestra metáfora, debido a que precisamente de lo que habla es de realizar una atribución externa de lo ocurrido. Esa atribución es el balón, el marco de la ventana somos nosotros y, siempre que no entre, será porque realizamos una atribución externa. Esto puede derivar en diferentes sucesos que en esta metáfora situaré alrededor de la ventana.

Justificación

A la izquierda de nuestra ventana, nos encontramos la estrategia de la justificación, representada por la zorra y las uvas, es decir, buscamos una excusa o una explicación que nos deje fuera tanto a nosotros como a nuestra responsabilidad. Como en la fábula, ante la incapacidad de comer esas uvas, la zorra argumentaba que estaban todavía verdes.

Las justificaciones no tienen por qué ser falsas como la de que el perro se comió los deberes, lo que se cuenta en ellas puede ser cierto, pero aun siéndolo, el tono y la emoción con la que se trasmiten son exculpatorias y/o desresponsabilizadoras. Las justificaciones empiezan por los «es ques», «creí ques» y «pensé ques»

Un ejercicio que realizo mucho es pedirle a la persona que se justifique que repita la misma frase que ha dicho, pero con un tono neutro. «Jooo, a veerrr, que sí que llegué tarde, peroooo ¡¡es queeee me quedé dormido!!» Vs «Llegué tarde. Me quedé dormido», ya que lo que alimenta la justificación es precisamente la emoción que la persona se imprime a sí misma, en la que da a entender que aquello que le ha ocurrido no debe hacerle sentir ninguna emoción desagradable y que lo ocurrido era la única opción. Sin embargo, cuando repite sus propias frases, pero sin el tono de justificación, la emoción que lo acompaña es muy diferente y, así, es cómo movemos un poquito ese balón, para que se acerque a nuestra ventana.

Fabulación

A la derecha de nuestra ventana, tenemos la fabulación, representada por la lechera, que es la estrategia de soñar, fantasear, inventar un mundo paralelo en donde lo que está ocurriendo no es lo que está ocurriendo. Que la realidad que se me presenta no es cómo se me presenta, sino que todo está yendo bien. A diferencia de la estrategia de la justificación, la excusa utilizada en esta estrategia no requiere que los demás, ni nadie se la crea, porque son engaños exclusivamente para uno mismo y, a pesar de esto, las personas que la usan no se engañan a sí mismas completamente del todo, es decir, ellos sí conocen la realidad, pero prefieren sentirla como si fuera de otra manera. Pondré algunos ejemplos clásicos:

Una señora que viste como si fuera rica, con bolsos caros de imitación, que va por ahí fingiendo ser rica, porque le gusta ser tratada como si lo fuera, aunque todos los que la conocen, saben que no lo es.

Un chico que les dice a sus amigos que tiene una novia a distancia que está en Cuenca. Sus amigos saben que es mentira, el también, pero, mientras lo cuenta, él se siente como se sentiría si fuera verdad, y se conforma con esto.

Indefensión

En la parte baja de nuestra ventana, se encuentra la indefension, representada por el elefante encadenado. La indefension aprendida consiste en no intentarlo para así no tener que fracasar.

Ante la expectativa de que no lo lograremos, empleamos cada vez menos energía en nuestros intentos, con lo que es cada vez menos probable el éxito y, de este modo, confirmamos la idea de que es mejor invertir aún menos energía en el intento. La frase clásica que lo resume es la de «Para que voy a… si total…».

La indefension hace que la persona que va a tirar la pelota, la tire con tan pocas ganas que no tenga opciones de entrar. De esta manera, no se ilusiona con un posible éxito, ni se decepciona con un posible fracaso. La estrategia es simple, pero eficaz, potente y con un alto potencial de adherencia en las personas. Es relativamente fácil entrar, pero tremendamente difícil salir. Y, una vez dentro, parece que no hay fracasos porque la persona encuentra buenas excusas para ni siquiera intentarlo.

Autosabotaje

La estrategia del autosabotaje está representada por la táctica militar de tierra quemada, que consistía en destruir tus cosechas, puentes y arrasar todas tus tierras para que el enemigo no las pudiera usar.

En este caso, la persona realiza intentos dirigidos al fracaso argumentando que ese es su verdadero objetivo. Podemos encontrar un sinfín de ejemplos clásicos como «quiero suspender todas, a ver si me echan del instituto», «voy a dejar a mi mujer, antes de que ella me deje a mí» o «me voy a apostar hoy todo mi sueldo y, así, el resto del mes no podré apostar más».

La estrategia es parecida a la indefensión aprendida, pero, en este caso, sí hay un intento, pero un intento expresamente fallido, para que no tener que sentir que he fracaso, porque el fracaso era lo que yo buscaba.

Ahora analicemos que hay dentro de la ventana

Una vez analizados los límites de nuestra ventana, analizaremos el interior. Las bolas que entran dentro de la ventana se pueden dividir en dos grupos bien diferenciados. Las que entran limpiamente en forma de aciertos y las que rompen un cristal en forma de errores. Las personas necesitan errores para poder aprender, de hecho, se aprende más con los errores y, a pesar de eso, no nos gusta nada de nada tenerlos, algo que es completamente comprensible.

Los aciertos sirven para darte energía para hacer más intentos. Los éxitos nos motivan a continuar, mientras que los fallos, sobre todo los fallos interpretados como fracasos, nos desmotivan, por mucho que aprendamos con ellos. Para ensamblar este concepto en nuestra metáfora, diremos que cuando una pelota rompe un cristal, la ventana se encoge y, cuando una pelota entra limpia, la ventana se expande. De esta forma, cuantas más pelotas entren limpias, cuantas más acciones sean percibidas como exitosas, más grande será la ventana y más fácil será que el siguiente intento vuelva a entrar y así seguir aprendiendo más y más. Sin embargo, cuando rompemos los cristales y sentimos el fracaso, las ventanas se van haciendo cada vez más pequeñas y es más probable que las pelotas queden fuera, en cualquiera de los 4 límites anteriores.

Nuestra mente está diseñada con la premisa de la autopreservación y, por eso, ha diseñado un sistema como este. Si todo me sale mal y lo metiera dentro de la ventana, me envenenaría. Por eso, nuestra ventana se encoge y se crean fuera esas dobles parejas de opciones.

Las dobles parejas son las horizontales y las verticales, que entre ellas tienen muchas similitudes. Las verticales, indefensión y autosabotaje, son estrategias que consisten en no intentar tener éxito, mientras que las horizontales, justificación y fabulación, intentan distorsionar la realidad para sentir ese éxito igualmente. Desde ese punto de vista, las horizontales son mejores que las verticales, ya que, al menos, en estas dos opciones, uno sigue tirando a portería, mientras que en las otras dos directamente no se tira el balón. Sin embargo, las verticales tienen la ventaja de que protegen mucho mejor la integridad del individuo, porque resulta menos dañado.

Pongamos un mismo ejemplo de todas ellas:

6 amigas salen de noche con intención de ligar:

Nº1 se acerca a alguien preguntándole si a su amigo le gusta su tímida amiga, este le sigue la corriente y finalmente liga con él. Seguramente esta no realizará un gran aprendizaje, tan solo tendrá más energía para intentarlo en futuras ocasiones y le costará menos la próxima vez que decida lanzarse.

Nº2 se acerca a alguien con la disculpa de tomarse una copa juntos, pero ese alguien se muestra esquivo porque no le gusta la gente que bebe en exceso. Finalmente, no logra ligar, pero quizá pueda aprender que a algunas personas no les gustan las chicas que beben.

Nº3 lo intenta con alguien en la barra y la otra persona muestra interés, pero le dice que ya está comprometida. Al oír esto, Nº3 regresa con sus amigas y les dice: «realmente no era para tanto, era un poco sosainas y no me gustó». Y, al hacerlo, no aprenderá que quizás hubiera tenido éxito si hubiese insistido un poco más.

Nº4 se acerca a un chico y este le dice que es gay, ella regresa con sus amigas contándoles que, en realidad, el chico está loco por ella, que ya se liaron más veces, pero que él no se atreve a hacerlo ahora porque es un cortado. Y, al hacerlo, le será más difícil aprender que el ser rechazada es parte del proceso o que un gay no es un competidor, sino un posible aliado.

Nº5 va agresivamente a por un chico, y le dice: «Sé que estás loquito por mí, ¡pero no tienes nada que hacer conmigo!». El chico se asusta y se va. Ella les dice a sus amigas que él es un acojonado. Y, al hacerlo, no podrá descubrir que, en realidad, al chico sí le gustaba, pero le ha asustado.

Nº6 quiere acercarse a una chica que le gusta mucho, pero no lo hace. Cuando sus amigas la empujan a hacerlo baja la cabeza y les dice: «Seguro que no le gusto, mejor no, yo estoy bien así». Y, al hacerlo, no aprenderá que solo intentarlo ya es reconfortante y que el rechazo no es tan doloroso cómo se imaginaba.

Bueno, y tras todo esto… ¿cuál es la moraleja de tanta fábula? ¿Cómo agrandamos nuestra ventana teniendo en cuenta que no podemos controlar los resultados de las cosas y poner éxitos ni fracasos a nuestra voluntad?

Vamos con la moraleja

Todo este artículo tiene dos moralejas, dos pelotas que me gustaría meter en la ventana de quien lo lea y su razón de ser.

La primera moraleja es que, a pesar de lo que todos solemos pensar de primeras, todo lo que hay fuera de la ventana es bueno, porque protege a la persona de la destrucción de su autoestima. Todo lo que hay fuera es genial para no hacerte daño, porque aprender no lo es todo y más importante que aprender es prevalecer, sobrevivir, sentirte bien y evitar la infelicidad. No debemos olvidar que son respuestas de protección, y que cronificadas cualquiera de esas respuestas llega a ser un problema, pero debemos recordar que el verdadero problema no es la respuesta de protección, sino la percepción de fracaso que ha hecho que se reduzca su ventana, por eso: «En lugar de intentar que deje su estrategia de protección, céntrate en proporcionarle éxitos para que no necesite protegerse».

La segunda es que lo que agranda y encoge la ventana no son los éxitos ni los fracasos, sino los aciertos y errores.  Pero tanto aciertos como errores pueden ser percibidos indistintamente como éxitos o fracasos: «Un universitario que se cree un mal estudiante porque siempre fracasa en los estudios… pero está en la universidad.»

No se trata de que los fallos no sean fallos ni que los aciertos no sean aciertos, sino de que los aciertos pueden ser fracasos: «¡Por fin!», «a la tercera va a la vencida», «¡menos mal!», «¡ya tardabas!». Y los fallos pueden ser éxitos: «te estás acercando», «buen intento», «BUEN INTENTO», «así se hace», «sigue así». Por ello: «Es más importante el camino, que llegar a algún destino. Busca los pasos que te hacen avanzar, en vez de contar los pasos que te hagan llegar». O dicho de otro modo: «Ajusta tus expectativas constantemente para poder reinterpretar todos los aciertos y todos los errores como éxitos del proceso de aprendizaje».


Javier Estévez Rodríguez

Director clínico general de Unidad Focus, psicólogo y psicopedagogo.

 

One thought on “La ventana del aprendizaje

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *