La validación emocional

La validación emocional

La validación emocional es un término que se utiliza con frecuencia en las consultas de psicología y entre psicólogos. Sin embargo, puede resultar un tema controvertido que puede generar confusión. Algunas personas creen que validar la emoción de alguien implica estar de acuerdo con esa persona y hacer lo que quiere, pero no es así.

Validar es transmitir a esa persona que tiene derecho a sentirse así y a expresarlo. Asimismo, consiste en darle un espacio a la emoción que está teniendo lugar en este momento, aceptándola tal cual es. Es algo aprendido y que posteriormente integramos para poder validar nosotros a los demás y nuestras propias emociones.

Su importancia reside en que cuando validamos estamos empatizando con esa persona, mostrándole aceptación y que estamos ahí, ya que permitirse sentir emociones desagradables puede resultar difícil y sentirse acompañado en esos momentos alivia y da seguridad.  También mejora las relaciones interpersonales ya que nos sentimos comprendidos y reconocidos por el otro. Además, la validación es uno de los primeros pasos para aprender una buena regulación emocional ya que, cuando me permito sentir una emoción y darle espacio, es cuando puedo gestionarla y regularla. Muchas veces, el hecho de validar la emoción hace que disminuya su intensidad, ya que una de las funciones de las emociones es comunicar y, en la medida que el mensaje es transmitido y puedo comprobar que así me lo refleja la otra persona, la intensidad baja.

Asimismo, es esencial tener en cuenta que, para validar la experiencia emocional de otra persona no tenemos que pensar o sentir como ella, ya que no consiste en estar de acuerdo con su emoción, sino entender, aceptar, darle la opción a experimentar la emoción que le venga sin juzgarla.

Sin embargo, cuando una persona siente una emoción desagradable a veces podemos caer en la prisa por querer que se sienta mejor y eso muchas veces pasa por no validar. Por ejemplo: un amigo/a viene y nos comenta que ha engordado y que se siente mal al respecto; es habitual escuchar frases como: “bueno, entonces haz dieta”, “no es verdad, yo te veo bien”, “bueno a ver, el físico no es lo que importa”, etc.  Pero haciendo esto estaríamos invalidando su emoción, estaríamos quitándole importancia, minimizándola o quizá intentando controlarla porque nos sentimos incómodos con lo que nos provoca, etc.

Podemos verlo con otro ejemplo:

Carlos es un niño de 7 años que empieza a llorar porque quiere ir al parque y le han dicho que no. Si el adulto tiene una reacción similar a: “No seas dramático, no es para tanto ya iremos mañana.”, lo que Carlos puede entender e interiorizar es que su emoción no está bien, que es un exagerado expresándolo y que lo que él quiere no es importante, además de que probablemente aumente su angustia al oír esta respuesta.

Si esto se repite en el tiempo, es posible que Carlos no sepa relacionarse con su tristeza, quizá la evite, quizá cuando la sienta se angustie o quizá no se permita sentirla y la sustituya con otra emoción como el enfado, etc.

Sin embargo, si ante la misma situación, el adulto responde algo como: “entiendo que tenías muchas ganas y que ir al parque es importante para ti, entiendo que al no poder ir te sientas triste.”. De esta forma, se le concede un espacio a esa emoción, se le pone nombre y se transmite empatía y aceptación hacia lo que está sintiendo.

Esto, con el tiempo, ayudará a que Carlos pueda permitirse estar triste y a relacionarse con su tristeza de forma más sana, es decir, sabiendo que cuando aparece es por algo y que está bien sentirse así cuando lo necesita.

Entonces, ¿qué tengo que tener en cuenta para validar la emoción de alguien?

Aquí es tan importante lo que decimos como la manera en la que lo hacemos, es decir, nuestro lenguaje no verbal tiene que ir en sintonía con el verbal.

En cuanto al lenguaje no verbal, es importante tomar una actitud abierta y calmada, un gesto facial relajado y un tono de voz tranquilo. Con los niños podemos agacharnos para que así los ojos de ambos queden a la misma altura, esto es algo que suele ayudar.

Si hablamos de lenguaje verbal, podemos empezar por reconocer o identificar la emoción del otro, hablando desde lo que creemos, con frases como: “me da la sensación de que estás triste”, “parece que estás enfadado”, etc. Además, hay algunas frases que podemos utilizar como, por ejemplo: “entiendo que para ti es difícil”, “es comprensible que te sientas así”, “puedes llorar si lo necesitas”, “imagino que es duro para ti”, etc.

¿Y mis propias emociones? ¿Qué hago?

Antes de nada, es importante ajustar la mirada y actitud hacia nosotros mismos, hablándonos desde el cariño, la compasión y la aceptación. Además, podemos investigar y acercarnos con curiosidad e intentar ponerle nombre, por ejemplo: “siento ganas de gritar”, “estoy triste”, “siento presión en el pecho”, etc.

Y recordar que esa emoción está ahí para comunicarnos algo y necesita ser escuchada y sentida. A veces ayuda tener presente y decirte a ti mismo/a que: “está bien sentirme así”, “tengo derecho a sentirme así”, “mi emoción es válida”.

Sobre todo, saber que esa emoción no es para siempre, que simplemente es cómo te sientes en este momento.

Por último, recuerda: tienes derecho (y permiso) a sentirte tal y como te sientes en este momento.

Eva Mareque

Psicóloga en Unidad Focus

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