La importancia de validar las emociones

Probablemente aquellos que venís a consulta habréis escuchado en diferentes ocasiones:

“hay que validar las emociones”, pero ¿qué es eso?¿Cómo se hace?

Los seres humanos estamos preparados evolutivamente para sentir una gran gama de emociones, teniendo todas ellas una función. Ante una determinada situación se nos dispara una u otra emoción sin que podamos decidir cuál queremos sentir. Esto sucede porque las emociones son automáticas, por lo tanto no depende de la voluntad de la persona sentirse triste ante una pérdida o alegre ante un re-encuentro, por ejemplo; si no que dependerá de diferentes situaciones y experiencias vividas hasta el momento. Lo que sí puede elegir la persona es la expresión de esa emoción, buscando entre los recursos que tenga en su gama de respuestas.

Como dije, todas las emociones cumplen una función, por lo tanto no existen emociones buenas o malas, ni positivas o negativas, siendo quizás una forma más adecuada de nombrarlas: emociones agradables o desagradables para la persona que las siente, todas ellas validas y experimentadas así por alguna causa.

Algo que sucede a menudo en la sociedad actual es que se invalidan más las emociones desagradables que las agradables, como si las primeras fuesen indignas o el hecho de sentirlas nos convirtiese en alguien toxico o negativo.

Seguro que todos hemos escuchado más de una vez

“no estés triste”, “no te puedes enfadar por eso”, “no tiene sentido que tengas miedo”, “no es para ponerse así”…

Entendemos que el que lo dice solo trata de ayudar a que esa emoción desagradable pase, bien porque la propia persona no es capaz de experimentar esa emoción desagradable o la que le genera, o bien como un intento fallido de protección, tratando de aliviar el malestar del que lo siente; sin embargo lo que muchas veces se consigue es la interpretación de que la emoción sentida no es válida, que estamos equivocados y debemos cambiar, o que lo que sentimos no es importante.

Pongamos ejemplos cotidianos en niños y adultos:

“que mal perder tienes, solo es un juego, no tienes por qué ponerte así”
“no llores por eso, que ya eres mayor”
“no estés triste, que rompieseis es lo mejor que te podía pasar”
“¿y por eso te enfadas? Si es una tontería!”

En todas estas situaciones, que seguro nos hemos encontrado en más de una ocasión, lo que la persona experimenta es una gran incomprensión por parte del que le escucha, que sus emociones no importan y que esto que está sintiendo, que no ha elegido y no puede cambiar, no es adecuado.

De esto último parte la importancia de validar las emociones, las propias y las del otro, porque lo que sentimos, lo sentimos de esa manera por algo, no es elegido y por supuesto, es importante. Podríamos entonces definir la validación como el hecho de expresarle y hacerle sentir al otro que sus respuestas y emociones tienen sentido y que son comprensibles dentro de su contexto y de las situaciones vividas hasta el momento.

¿Y cómo se hace? Pues para validar las emociones es importante no juzgar, dejar que quien siente la emoción se sienta libre de experimentarla de esa manera, con esa intensidad y en ese momento, sin tratar de cambiar nada rápidamente. Pero ojo, no juzgar no quiere decir que para validar haya que estar de acuerdo con la emoción que siente, ni con la reacción, tan solo hay que darle el espacio a la emoción, entendiendo que la experimenta así por lo que ha vivido, por sus experiencias, y quizás con tiempo ayudarle a gestionarla.

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Cuando personas siente que es querida y aceptada sienta lo que sienta, esto le hace sentir mayor seguridad, le genera confianza y sentimiento de valía. De esta manera, la cadena deductiva es la siguiente: Lo que yo siento es importante. Lo que es importante para mi es importante para ti. Te importo. Soy importante.

Para aprender a aceptar lo que sentimos, muchas veces puede ser necesario solicitar ayuda terapéutica. Encontrar a alguien que nos ayude a identificar lo que estoy sintiendo, incluso cuando está escondido o “disfrazado” de otra emoción, que valide cualquiera de ellas y sea capaz de generar un espacio seguro para su expresión, ayudando a buscar nuevas herramientas que ayuden a una expresión y gestión emocional más sana para el propio individuo.

Experimentar la emociones tanto agradables como desagradables es algo que enriquece a la persona, ayuda a comprenderse a sí mismo y a los demás, da la oportunidad de adaptarse mejor a los diferentes contextos y vivir plenamente experimentado todas las emociones.

Nuria Mumary Farto
Psicóloga y terapeuta familiar

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