La ayuda deseada

Sé que mi hijo necesita ir al psicólogo… pero él se niega. ¿Qué puedo hacer?

Imaginemos que estamos en el extremo de un largo paso de cebra queriendo cruzar, pero imaginemos al mismo tiempo que no tenemos piernas ni brazos. Tirados en el suelo, vemos ese largo paso de cebra como un obstáculo que jamás podremos superar. Quizá podríamos intentar arrastrarnos moviendo el cuerpo y la cabeza pero también podrían venir coches, podríamos quedar exhaustos a medio camino, sentir miedo de qué será de nosotros y, en ese momento, aparece una señora muy grande, que nos coge en su regazo y nos cruza la calle.

¿Qué le decimos? 

Lo natural es darle las gracias. Necesitábamos cruzar y sentíamos miedo al pensar que no lo conseguiríamos.

Bueno, volvamos ahora atrás en el tiempo para repetir la historia de nuevo, pero introduciendo algunos cambios.

Volvemos a estar delante de ese paso de cebra pero esta vez, en lugar de pensar y sentir que ese será un obstáculo que jamás superaremos, en esta segunda historia lo que se nos viene a la cabeza es

“Yo voy a cruzar cueste lo que cueste, voy a hacerlo”

En ese momento, comenzamos a arrastrarnos por el suelo y, poco a poco, vamos avanzando. Cuando llevamos 3 metros, aparece una señora muy grande y nos coge en su regazo para cruzarnos al otro lado.

¿Qué le decimos esta vez?

Es posible que exista ante esta situación, diferencias en las respuestas, pero una de las respuestas más habituales es “déjame, que yo puedo”. En ese caso, la persona no quiere la ayuda, porque ella percibe que puede lograrlo sin ayuda de nadie ,y por orgullo, a nadie le gusta ser ayudado, salvo que sea capaz de reconocer que necesita esa ayuda. Este es un concepto que se nos olvida muchas veces, el concepto de “la ayuda deseada”.

Una persona a la que ayudamos sin sentir ella que necesita dicha ayuda, puede percibirlo no como un favor, sino como una reducción de su dignidad. La dignidad está directamente confrontada con la comodidad. Las personas prefieren sentirse dignas en lugar de cómodas; sin embargo, cuando las personas sienten inseguridad, cuando dudan de sus capacidades, es cuando se resignan a perder su dignidad a cambio de la comodidad. Poca gente, por cómodo que resulte, permitiría que otro le aseara cuando va al baño…

Pero claro, según todo esto de la ayuda deseada, ¿qué hacer si un chico necesita ayuda pero no quiere ser ayudado? ¿No hay nada que nosotros podamos hacer?

Muchas veces los padres quieren que sus hijos acepten ayuda de psicólogos, a pesar de que jamás han ido a uno cuando han tenido problemas y este es el primer hándicap, pero no el único. Además de este modelado, también ocurre que, bajo los muros defensivos del paciente, se esconde la necesidad de sentirse válidos y dignos, y el miedo a perder trozos de mérito si lo logran gracias a la ayuda recibida.

Llegados a este punto, me gustaría volver a nuestra historia y rehacerla por tercera vez. En esta tercera ocasión, la señora grande mira con orgullo cómo nosotros nos vamos arrastrando metro a metro por el suelo, a una distancia prudente.

De repente, un coche pasa a demasiada velocidad para vernos y va a atropellarnos y, justo antes de esto, la señora grande nos agarra con fuerza de uno de nuestros muñones y tira de nosotros evitando que nos atropelle el coche.

¿Qué le decimos esta vez?

Obviamente le damos las gracias. Con esta metáfora intento exponer que, cuando una persona no acepta ayuda, no debemos dársela pero, al mismo tiempo, tampoco se la podemos negar.

Tan solo debemos estar muy atentos al momento donde la ayuda sea indiscutiblemente bien recibida y ahí actuar.

Cuando nuestro chico no quiere ir al psicólogo, la peor de las estrategias posibles es la imposición. Para una primera cita, quizá sería no terrible una coacción o un soborno, aunque esto tan solo podría utilizarse esta vez. Si tras esa primera cita, el chico no quiere volver, es más útil buscar otro profesional y repetir la operación que seguir presionándolo para que acceda a hacer algo que difícilmente le va a ayudar. Sin embargo, existen dos cosas que sí podemos hacer.

La primera es predicar con el ejemplo y ser nosotros los que acuden a terapia. Aunque podamos pensar que no la necesitamos, la verdad es que no he conocido nunca a nadie que no la necesitara y la única diferencia que encuentro es que a algunos les haría más feliz y a otros menos infeliz.

También existe la opción de realizar una terapia parental, en la que el chico tenga que acudir en algún momento, no como paciente, sino como medidor de la eficacia de la terapia y cómplice del profesional que realice la terapia parental.

La segunda consiste en esperar el momento adecuado. Ese momento donde el chico esté bajo de defensas, tras un impacto de la vida en la que quede fuera de juego o derrotado. En ese preciso momento, con el mayor de las sensibilidades hay que acercarse a él, darle nuestro apoyo y ofrecerle alguna alternativa. Esta es sin lugar a dudas la que mayor probabilidad de éxito tiene.

Javier Estévez

Psicólogo en Unidad Focus

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