La autorregulación emocional

En nuestro día a día, cuando hablamos de emociones, tendemos a clasificarlas como emociones negativas y positivas, funcionales y disfuncionales o agradables y desagradables. Si bien pueden parecer la misma clasificación pero con otro nombre, lo cierto es que tienen connotaciones muy diferentes.

Clasificación positivas – negativas

Cuando hablamos de emociones positivas y negativas probablemente a todos nos vengan a la cabeza el enfado, ansiedad y tristeza como negativas y la alegría como positiva. El inconveniente de esta clasificación es que nos lleva a estigmatizar y simplificar las emociones en función de “si son malas o no”.

Dicha estigmatización puede llevarnos a establecer una mala relación con las emociones consideradas negativas, que se puede traducir en que pensemos que no deberíamos sentirlas, las evitemos, sintamos culpa o remordimiento por sentirlas. Así, es probable que tampoco respetemos las “emociones negativas” de los demás, tales como la tristeza.

Pongamos un ejemplo: imaginemos que le hemos adjudicado a la tristeza la etiqueta de “emoción negativa” y que un día viene un amigo al que han echado del trabajo y está profundamente triste, quizá sintamos incomodidad por no saber cómo consolarle y es probable que de forma automática empezáramos un discurso similar a “anímate hombre, no seas tan negativo, si existen muchas otras opciones. Deberías intentar ver el vaso medio lleno, ahora vas a tener más tiempo. Siendo tan pesimista no vas a llegar a ningún lado”.

Al decir este tipo de frases, aunque sea con la mejor intención posible, estamos invalidando la emoción de la persona en vez de ayudarle a gestionarse.

Clasificación agradable – desagradable

Asimismo, la división de las emociones como agradables o desagradables tiene una interpretación parecida a la anterior pero poniendo el foco en la agradabilidad de la emoción, considerando, por ejemplo, la alegría como una emoción agradable de sentir. Sin embargo, el foco debería ser más amplio y estar centrado, además, en el sistema de creencias de la persona y en el contexto social en el que se encuentra. Al tener en cuenta los otros dos factores, la alegría también podría ser considerada como una emoción desagradable ya que si nos encontramos, por ejemplo, en un entierro, sentir alegría no sería agradable.

Otro ejemplo podría ser el amor, el cual podemos considerar como una emoción agradable, pero cuando sentimos una emoción muy intensa por nuestra pareja, podemos hasta sufrir por ese amor, ya que tenemos miedo de que nos deje, se vaya con otra persona, etc.

Clasificación funcional-disfuncional

Finalmente, hacer referencia a las emociones como funcionales o disfuncionales, dependiendo del contexto, sería probablemente la clasificación más adecuada, ya que toda emoción tiene un significado y por ello, se tiene que resolver. Dado que una función de las emociones es la adaptación al medio, también sería adecuado hablar de respuesta adaptativa o no adaptativa.

Por ejemplo, imaginemos que vamos al zoo y pasamos por la zona de los leones, los cuales, probablemente nos inspiren un poco de miedo a pesar de estar encerrados. En este caso, la función del miedo es mantenernos alerta cuando creemos que podemos sufrir algún daño, y la respuesta adaptativa sería mantener una distancia segura respecto a la verja, y si vemos un león corriendo hacia nosotros, la respuesta más adaptativa sería la huida.

En este mismo ejemplo, si el miedo fuera disfuncional podría bloquearnos y hacer que no quisiéramos ni entrar al zoo “por si acaso”, “porque a mí no se me ha perdido nada ahí”, u otras justificaciones para huir de la situación. Asimismo, en la misma situación podríamos sentir una excitación tan grande que nos hiciera meter la mano por la verja para intentar tocar al león, lo cual constituye un ejemplo de una respuesta desadaptativa.

Las dos primeras clasificaciones, emociones positivas o negativas y agradables o desagradables, nos llevan a un deseo de control cuando la emoción que estamos sintiendo tiene una connotación negativa o desagradable para nosotros.

Esto puede manifestarse mediante frases como: “no sé cómo manejar el estrés”, “no me gusta enfadarme porque no sirve para nada”, “No lloro porque luego no sé cómo parar” o “siento una rabia descontrolada”. Este deseo de control no se satisface, ya que no pueden ser controladas.

Las emociones son instantáneas, inmediatas, surgen de forma natural y no tenemos ningún control sobre ellas. Por ejemplo, si has pasado mucho tiempo trabajando y preparándote para un examen, a pesar de que pueda resultar desagradable, es normal, natural y adaptativo que antes del examen aparezca ansiedad y estrés, ya que necesitas una activación corporal y mental para “luchar” contra el examen. Igualmente si al final lo suspendes aparecerán emociones como el enfado, tristeza, frustración, etc.

No podemos controlar lo que sentimos y este, paradójicamente, es el primer paso para la regulación o gestión emocional.

¿Qué entendemos por regulación emocional?

Es la capacidad que tenemos las personas para influir en la intensidad de nuestras emociones, en su duración y en la manera en que las expresamos. Y si bien puede parecer sencillo, supone cierta dificultad ya que requiere un aprendizaje que va en contra de lo que sabíamos y hacíamos hasta ahora.

Para conseguir una buena gestión emocional el primer paso y más importante en la aceptación. Por un lado la aceptación de nosotros mismos, con nuestros recursos y limitaciones; y por otro, la aceptación de nuestras emociones, sin juzgarlas.

Para esto no existen unos pasos concretos o estrategias, ya que la aceptación no es la meta sino el camino, es decir, mediante el camino de la aceptación podremos llegar a la “meta” de la gestión emocional.

La dificultad radica en que socialmente existen muchos estigmas sobre las emociones, como “llorar es de débiles”, “no se consigue nada con lamentarse”, “enfadarse es de maleducados”, etc. Además del automatismo de clasificar nuestras emociones, tal y como hemos hablado antes. Por lo que dejar de juzgar y aceptar implica desgranar cada una de esas creencias y volver a la base, a la esencia de lo que somos cada uno, reconectando con nosotros mismos y lo que sentimos, sabiendo que nuestras emociones están ahí por una razón y que lo que sentimos es válido. Implica también pasar por las casillas el perdón a nosotros mismos y del abandono de la culpa y la vergüenza que hemos experimentado tantas veces al sentir algo “incorrecto”.

Vamos a poner un ejemplo de esta gestión emocional:

Has tenido un mal día en el trabajo, tu jefe te ha gritado, un cliente ha sido desagradable. Es probable que aparezcan emociones como el enfado, la rabia, la frustración, impotencia, etc. Además, llegas a casa y tus hijos no paran de gritar y discutir entre ellos.

Para una buena gestión emocional, en este caso la persona aceptaría su rabia o la importancia del evento del jefe, la hablaría o la gestionaría y así vaciaría su vaso, aceptando que eso fue así. Así, cuando llegara a casa, podría tener más margen para manejar la situación, al volver a aceptar sus emociones de frustración y la sensación de cansancio, así como la gestión de las mismas. Si no hace esto se van acumulando sensaciones y “llenando el vaso”, negando todas las emociones.

Es importante tener en cuenta y destacar que en ocasiones la aceptación y regulación emocional puede resultar muy complicado dependiendo, por ejemplo, del momento vital en que nos encontremos. En estos casos, técnicas como la hipnosis o el EMDR, pueden resultar de gran ayuda, además de otras técnicas específicas.

“Cualquiera puede ponerse furioso, eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto y de la forma correcta, eso no es fácil”. -Aristóteles

Eva Mareque

Psicóloga en Unidad Focus

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