Indios y Vaqueros

Indios y Vaqueros

Buenos días. ¿De qué nos vas a hablar hoy?

De indios y vaqueros.

Nos vas a contar una peli de Clint Eastwood.

Así es. De hecho, os vengo a contar una versión alternativa de El bueno, el feo y el malo, que esta vez se llamaría Lo feo: el bueno y el malo.

Vamos allá.

Cuando era niño, me gustaba jugar a indios y vaqueros. Había heredado de mis primos todo un fuerte con figuritas de caballos, indios y vaqueros. Por aquel entonces, me dijeron que los indios eran los malos y los vaqueros los buenos, cosa que encajaba con los datos de los que disponía (decían de mí que “siempre estaba haciendo el indio”).

Con 8 años, me explicaron cómo los indios vivían en las llanuras norteamericanas cazando búfalos y los vaqueros eran ganaderos que, como necesitaban tierras para pastos, sencillamente los erradicaron. Un genocidio étnico en todo un continente. Razas enteras extinguidas que pasaron a la historia como “los malos” de los westerns.

Al conocer esto, a mis 8 años le pregunté a mi madre y ella me reveló uno de esos grandes secretos que se les guardan a los niños. Me dijo (cito literalmente):

“Verás, Javi, los niños necesitan saber claramente que las cosas o están mal o están bien. Pero, a medida que vayas creciendo, te irás dando cuenta de que las cosas no son tan simples, que no hay malos ni buenos, blancos ni negros, ni siquiera escalas de grises. En el mundo hay muchas gamas de colores”.

Empecé a darme cuenta de que “los buenos” y “los malos” no estaban tan perfectamente definidos como nos habían contado y que los adultos ya lo sabían pero que, por alguna razón, a los niños no se les debía decir.

Pasaron los años y, cuanto más fui creciendo, más me fui dando cuenta de la razón que tenía mi madre en eso de que el mundo era complejo y las cosas no eran ni blancas ni negras. Y de cómo las personas tendemos a hacer estas simplificaciones de la realidad intentando siempre llegar a la cómoda dicotomía categorial: “esto” o “lo otro”, y de cómo, a pesar de esto, la realidad casi casi nunca se ajustaba a esa taxonomía.

Y, así, creé uno de mis axiomas de pensamiento, al que llamé La integral del conocimiento. Le puse el nombre de integral porque, al integrar una ecuación, lo que hacemos es dotarla de una nueva dimensión (si integramos un círculo, nos sale una esfera.) Y este axioma habla precisamente de eso, de cómo gracias al conocimiento otorgamos nuevas dimensiones a nuestra realidad. Así, la integral del conocimiento se enuncia de esta manera:

Cuanto más sabemos y comprendemos algo, más dimensiones otorgamos.

Pero, ¿eso te lo has inventado tú?

Quizá ya estuviera inventado con otro nombre, como tantas otras cosas.

Y, ¿podrías explicarnos muy brevemente en qué consiste?

Es salirse un poco del tema, pero lo intentaré. Pondré un ejemplo para agarrarlo mejor: la sexualidad. Al principio, solo existe un punto:

Hombre, macho, hetero, masculino, rudo y viril.

Cuando conocemos un poco más, llegamos a la cómoda dicotomía.

Hombre, hetero, masculino rudo y viril Vs Hombre, gay, femenino, sensible y suave.

Seguimos profundizando en el conocimiento, aparece la bisexualidad y, así, descubrimos que, en realidad, no son dos puntos, sino una línea que va desde la superheterosexualidad a la superhomosexualidad y todos estamos por el medio.

Seguimos profundizando y entendemos que este no es el único eje y que el género tampoco es dicotómico hombre-mujer, sino que también hay puntos medios, puntos neutros, andrógenos, agéneros, pangéneros y que, como había ocurrido hasta el momento, el género también se trata de un continuo dimensional, así que establecemos un eje de coordenadas x/y con atracción sexual/genero.

Más profundo, vemos que eso de ser rudo o suave es otro eje y que hay heteros muy suaves y homosexuales superrudos y, por supuesto, también es dimensional. Y, así, vamos añadiendo ejes a un sistema de coordenadas multidimensional que hace mucho más complejo, rico y diverso el mundo que nos rodea y es esto mismo lo que ocurre con el resto de las cosas.

Te estás alejando del tema.

Perdón, regresaré a nuestro hilo conductor, los indios, los vaqueros y la fea dicotomía de “los buenos y los malos”. A lo largo de la vida, más acusadamente debido a mi profesión, he tenido que cultivar y entrenar la habilidad de ver siempre a las personas con compasión.

¿Compasión como lástima?

No. Compasión no significaba lástima, sino clemencia. Con bondad y humildad. Compasión desde el amor. Con pasión. Mirar a los otros con compasión implica verlos como seres complejos. Como me dijo una persona muy sabia una vez,

“todas las personas del mundo lo hacen lo mejor que pueden teniendo en cuenta lo que saben y sienten en un momento dado”.

Sin embargo, aquello que mi madre me había confesado de que la realidad no se distribuye en “buenos” y “malos” y que esto los adultos ya lo sabían no era totalmente cierto. Eran muchos los adultos que no lo sabían. Pero muchos muchos. Incluidos los profesionales de la salud mental, para los que, especialmente, realizar juicios de valor sobre las personas las discapacita para el ejercicio de su profesión.

Bueno, digo yo que los psicólogos tienen que establecer juicios.

Sí, juicios clínicos, pero no juicios de valor.

¿Qué es un juicio de valor?

Decidir lo que es bien o mal, que algo es bueno o malo. Los psicólogos nos movemos en adaptativo/desadaptativo, pero no en bueno o malo, porque eso depende de la intención del individuo. Si por la razón que sea, necesito ir a la cárcel para ser feliz, es bueno atracar un banco. Bueno para mí y para mi felicidad. Eso es un juicio clínico, pero no de valor.

¿Cómo va a hacerte feliz estar en la cárcel?

Bueno, es algo que les pasa a algunas personas que no saben vivir fuera de la cárcel.

Bueno, pero, en general, nadie quiere ir a la cárcel.

Aquí está el problema. A nosotros no nos pagan porque hablemos en términos de lo “general”, sino de lo particular de la persona que tenemos en frente. Y, si esa persona quiere ir a la cárcel, que nosotros digamos que “nadie quiere” es inadecuado porque estamos prejuzgando. Lo adecuado sería preguntar “¿Por qué les ocurre?”.

¿Está bien, pero, a dónde quieres ir a parar? Tu película da muchos rodeos.

Iré al meollo. Escucho en infinidad de ocasiones a muchísimas personas, incluyendo psicólogos, hablar de buenas y malas personas. Como si realmente existieran esas personas buenas o malas. Como si existiera, de hecho, el bien y el mal. Como si no fueran meramente circunstanciales. Como si lo bueno o lo malo fuera una constante absoluta, colectiva y eterna, en lugar de una variable relativa individual e instantánea, es decir: Uno debe hacer el bien y hacer el bien es hacer lo que es beneficioso para uno, lo que a uno le interesa hacer en ese momento, lo que le habrá merecido la pena hacer en todos los momentos futuros y nada más que eso. Todo el mundo cree hacer el bien y se considera a sí mismo bueno; no obstante, sí que juzgamos a otros como malos.

Y son tantas y tantas las personas que parecen tener claro que hay malas personas. ¡Y en algún momento alguien le niega esa realidad, se exaltan como diciendo: “Ni se te ocurra obligarme a modificar mi sistema de creencias! Es más sencillo vivir donde hay indios y vaqueros y ambos son bien diferenciables.”

Y esto se agrava especialmente cuando esas personas que encasillan entre buenos y malos son profesionales de la salud mental, ya que no solo los discapacita profesionalmente, sino que el problema se agrava al no ser conscientes de ello y creerse en posesión del buen juicio convirtiéndolos en un peligro para la salud pública.

¡Qué exageración! Los juicios los hacemos todos. No veo que sea para tanto.

En absoluto. Hacer juicios de valor es muchas veces inevitable, eso es verdad. Nos ocurre ya por mucho que estemos formados, seguirnos siento humanos, pero debemos saber que nos ocurre, para saber que nosotros no somos competentes para ayudar a esa persona y derivarlo a un profesional que sí lo sea. No es tan grave hacer juicios de valor, como el no saber que al hacerlos te discapacitas profesionalmente.

Te contaré un evento: un día llega a la consulta de un psicólogo un pedófilo pidiendo ayuda. Se siente atraído sexualmente por los niños. Así, a este psicólogo sus juicios de valor no le permitirán verlo con compasión, no le permitirán verlo como lo que es. El verá un ser malvado, deleznable en lugar de un ser humano que sufre. Al establecer su juicio de valor, fracasará en su intento de ayudarle. El paciente abandonará su terapia, sintiéndose un ser malvado, eso le empujará en vez de frenarlo y, así, quizás esa persona termine haciendo algo que no quería hacer y que no hubiera hecho si ese profesional le hubiese tachado de indio inconscientemente.

Estás poniendo un caso muy exagerado.

En absoluto. Es tan solo un ejemplo de miles. Dentro de una consulta de salud mental, te encuentras con un montón de cosas que existen, pero que la sociedad no ve porque no quiere, no sabe o no puede. Hace pocos años, el maltrato tampoco se veía y ahora empezamos a quitarnos la venda. Algún día ocurrirá con el abuso sexual infantil, pero aprovecho para recordarte un dato: 1 de cada 5 personas sufrirá al menos una agresión sexual durante su infancia. 1 de cada 5. No creo que haya puesto un caso exagerado, salvo porque generalmente los pedófilos no acuden a las consultas de los psicólogos, porque están totalmente seguros de que allí serán juzgados en lugar de comprendidos.

Has visto la película del Joker. Es un gol claro al respecto.

Muchas de esas cosas que la gente llama maldad, por no decir todas, no son otra cosa que trastornos mentales. Quizás y solo quizás con excepción de la “dinerofilia” (la atracción por tener dinero). En el mundo en que vivimos, el ansia desmedida por el dinero no está considerada un trastorno mental, sino todo lo contrario.

¿Quién no desea ser rico?

Esto me lleva a lo siguiente: Las personas de las cárceles son, en realidad, tan solo personas enfermas o trastornadas.

Eso es algo triste. Criminalizar a las personas por sus patologías está feo y, a pesar de ello, muchas personas necesitan pensar que son malas. Necesitan pensar que esas personas que aparecen por la tele son malas y que merecen ser castigadas. La señora que mató a aquel niño, los de la manada, los que matan a sus mujeres, o tantos otros no eran personas malas sino personas gravemente trastornadas.

Un momento, pero ¿tú te estas escuchando? ¿Qué debemos hacer entonces? ¿Permitírselo? ¿Les aplaudimos como premio?

Eso es demagogia. Las opciones no se reducen a premios o castigos, eso es caer en dicotomías de nuevo. Obviamente, cuando una persona es un peligro para los demás, no puede estar libre. No puede, porque nosotros no podemos permitir que lo esté por nuestra protección. Pero eso no quiere decir que sean malas personas, que se lo merezcan ni mucho menos o que eso sea “hacer justicia”.

Bueno, querría ver yo si opinas lo mismo si mañana mato a tu hija.

Si mañana matas a mi hija, lo más probable es que te arranque la piel en vida y te devore a mordiscos. Pero, como imaginarás, una persona que hace esto, no es precisamente una persona mentalmente sana, sino una persona completamente enajenada por el dolor de haber perdido lo que más quería.

Qué bestia eres.

Bueno, intento no dejar fisuras en mi argumentación. Y me alegra que me pusieras este ejemplo, porque es muy gráfico y deja claro que esto no se puede dar en una persona mentalmente sana, y que todas las personas del mundo somos susceptibles de terminar en una cárcel, catalogadas como malas personas si tenemos mala suerte, cuando, en realidad, no éramos malas, sino que estábamos trastornadas.

Sigo pensando que sí hay malas personas. Que no todos son como lo cuentas tú. Sí hay personas que no están enfermas, que distinguen perfectamente el bien y el mal, pero que hacen el mal con total frialdad y no sienten remordimientos.

Lo sé. No esperaba que pudieras modificar hoy esa idea, quizá tardes mucho en hacer ese clic, porque las personas tenemos unas eficaces defensas de la psique que no quieren que cambies tus sistemas de creencias preestablecidos y te sueltan frases como la que me acabas de decir, pero piénsala con detalle.

“No están enfermas porque diferencian el bien del mal”.

La mayoría de los trastornos mentales diferencian a la perfección el bien y el mal y no por eso dejan de ser trastornos mentales.

¿A qué le llamas diferenciar el bien del mal? ¿Sirve con haberse aprendido un código de comportamiento como en el carné de conducir?

¿Cómo se puede distinguir el bien y el mal perfectamente si no sienten remordimientos?
¿Una persona que no siente emociones, ni remordimientos y que muestra una total frialdad la considerarías una persona mentalmente sana?

Las personas distinguen el bien y el mal por sus emociones y remordimientos. Por eso, no me siento igual si mato a alguien en defensa propia que por dinero. Por eso, es que decidimos lo que está bien y lo que está mal.

Como dijo mi viejo amigo Sócrates: “El que conoce el bien, hace el bien”.

Qué chorrada.

Ojo, esto lo dijo Sócrates.

Pues no lo entiendo. ¿Acaso no saben los ladrones que robar está mal?

Este es el punto. No. No lo saben. Creen que a ellos robar les va a beneficiar. Ellos lo creen, y nosotros creemos que están equivocados y que, en realidad, no les va a beneficiar robar. Pero que así sea depende de muchas variables. Sócrates entendía el verbo “conocer” no solo como “tener el dato de”, sino como una palabra que engloba el saber, entender, conocer, empatizar, sentir, etc.

A los psicólogos, se nos forma para tener una alarma ante las palabras “bien” y “mal”, porque muchos de los errores de las personas se originan en los juicios de valor, ya que, como digo, las cosas están bien o mal, en función del contexto y del futuro.

Así, cualquier cosa que me vaya a hacer más feliz está bien para mí. Y cualquier cosa que me vaya a hacer más infeliz está mal para mí. Y esa es la única guía real de lo que está bien y lo que está mal. Lo que me interesa y lo que no me interesa.

Pero, pero, entonces, si a Urdangarín le hace más feliz tener mucho dinero, está bien que lo robe.

Si tener mucho dinero le hace más feliz, sí. Pero… Quizá no le haga más feliz. Quizá termine pagando unas consecuencias que hagan que no le merezca la pena, o sencillamente quizá termine sintiéndose mal.

Ya, hay muchas personas que se sienten mal, pero no pueden evitar seguir haciéndolo.

Exacto, y es aquí donde está la enfermedad. Cuando alguien no puede evitar hacer algo, es cuando decimos que está sufriendo porque el trastorno mental no le permite hacer aquello que le gustaría hacer.

Estoy agotado.

Normal. Trascríbelo, publícalo, olvídalo y, dentro de un tiempo, lo lees de nuevo.

Javier Estévez

Director clínico de Unidad Focus, psicólogo y psicopedagogo

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