Escuchar ¿se?

Escuchar ¿se?

Cuando se habla de escucha activa, lo más habitual es referirse a la capacidad y predisposición del oyente de atender a la persona que habla. Esta escucha es un esfuerzo consciente de la persona que recibe el mensaje, ya que tiene que atender no solo al mensaje verbal, sino al mensaje no verbal y emocional que transmite el hablante y darle una respuesta adecuada.

¿Y cómo sabemos cuándo una persona recibe una escucha activa?

Porque la persona que habla se siente escuchada. En general, cuando la persona se siente de esta manera, aumenta el número de detalles en el discurso, habla más libremente y se crea un mayor acercamiento a esa persona. Además, se crea un espacio de apertura emocional, donde el hablante se siente más libre y más seguro para expresar las emociones que son difíciles de expresar, incluso para sí mismo.

El término de la escucha activa lo acuñó Carl Rogers, que tenía un enfoque humanista muy interesante que ayudó mucho a la comprensión de las personas. De hecho, vemos que la escucha activa es una habilidad que, para ser desarrollada, requiere muchas horas de práctica para poder ejecutarla con eficacia. Generalmente, dicha técnica es la base de las habilidades sociales que se utilizan para abordar diferentes problemas como conflictos familiares (el más habitual que encontramos nosotros es no escuchar a los/as hijos/as), conflictos de pareja, problemas en la socialización, etc., entre otros.

La escucha es una gran herramienta muy útil en psicología y, bajo mi criterio, aún podría brillar mucho más.

la escucha activa

 

¿Por qué digo esto?

Porque siempre se utiliza de cara a escuchar a otra persona, pero… ¿y si la aplicásemos para nosotros mismos? Es decir, ¿y si también adquiriésemos la habilidad de escucharnos, de atender lo que nos quiere decir nuestro cuerpo o nuestro daño emocional y poder atender, en la medida de lo posible, dichas necesidades? Eso daría una nueva dimensión a la necesidad de escucharse, de atenderse y de empatizar para conectar emocionalmente con uno mismo.

Cuando planteo este concepto en consulta, generalmente la gente se siente como extrañada o confusa, ya que nos choca la idea de escucharnos, atendernos y validarnos. Desde mi punto de vista, para poder escucharnos son necesarios una serie de requisitos.

¿Cuáles son los requisitos?

En primer lugar, necesitamos a aprender a parar, para ello necesitamos aprender qué significa parar y por qué una parte muy automática de nosotros nos impide hacerlo. Vamos por pasos. Por un lado, parar es dejar de hacer cosas productivas y tener tiempo para observarnos, notarnos en el momento presente y sí, incluso aburrirnos. Es estar con nosotros mismos y no con nuestro objetivo.  Parar implica dejar de hacer otras cosas, pero no para permanecer inactivos o aletargados, sino para prestar plena atención a unos mismo.

A veces no nos damos cuenta de todos los impedimentos que hay para parar. Por ejemplo, percibir que no tenemos ni 5 minutos, que todo el día se está ocupado. Si este es tu caso, valora las veces que tienes una urgencia y a un ser querido tuyo le pasa algo y lo dejas todo de lado para estar con él o ella. Hay más tiempo del que percibimos, pero creemos que todo el tiempo tiene que ser productivo. A veces podemos sentir que, si paramos, el fino equilibro que está en nuestra vida se va a desmoronar y todo irá a peor. En este caso, fíjate en toda la responsabilidad que está en tus hombros, cuidar a todo el mundo menos a ti. Posiblemente lleves mucho tiempo con esta responsabilidad y los problemas se han mantenido o no han hecho más que crecer. También podría ser el caso contrario, en donde tenemos mucho tiempo y lo dedicamos a ver series o películas, a dormir excesivamente o a cualquier otra conducta distractora, y se hacen, aunque no gusten del todo, porque estas conductas se realizan por costumbre. Cuando estamos en este estado, es como si nos olvidásemos de que nos tenemos que cuidar, actuando en automático y sin darnos cuenta. Aunque haya la motivación de hacerlo, al no haberse cuidado nunca y aunque se disponga del tiempo para hacerlo, es como si nunca fuese el momento o como si «no se me pasase por la cabeza». Te invito (con la ayuda profesional adecuada) a probar el pararse o a pensar en cuidarte, ya que, si probamos diferentes soluciones, posiblemente encontraremos resultados diferentes.

la escucha activa con uno mismo

Una vez que la persona para, tiene que saber qué tiene que escuchar. El típico, «¿y ahora qué?», «¿qué hago?». Es posible que, cuando estemos con nosotros mismos, nos demos cuenta de que estamos tristes, o echamos de menos a otra persona, o tenemos ganas de salir, o de quedarnos en casa, o de tener una buena conversación, o de tener conversaciones banales, y un largo etcétera. ¿Por qué este punto es tan difuso? Porque la persona tiene que empezar a identificar sus propias necesidades y recuperar lo que le gustaba y lo que se le daba bien. A veces, para ayudar a las personas, les pido que identifiquen las necesidades de un ser querido y que piensen qué necesidades creen que tiene esa persona. Acierten o no, la idea es empezar a plantear qué necesita una persona y lo que necesitamos nosotros. También es importante escuchar a nuestro cuerpo, ya que es algo que puede parecer extraño o que carece de sentido. La primera vez que en consulta pregunto «y esto, ¿dónde lo notas del cuerpo?», la persona pone cara de extraño, siendo muy frecuente que esta pregunta no se la haya hecho nunca. El cuerpo forma parte de nosotros y él nos envía muchas señales para comunicarnos que está cansado, que necesita salir, que tiene hambre o sed, que necesita un abrazo, etc. Constantemente el cuerpo nos comunica muchas necesidades, así como nos permite comprendernos mejor y poder atendernos.

Por último, una vez hemos parado y hemos sabido identificar nuestras necesidades, es importante darles una respuesta y actuar en consecuencia. Tenemos que tener en cuenta que lo que necesitamos es algo que nos hace un bien o un bienestar. ¡Pero cuidado! Existen trampas de cosas que nos pide por apetencia, pero que finalmente no nos sentarán bien. Las cosas que merecen la pena y nos sientan bien no siempre son las que nos apetecen, por lo que tenemos que tomar la decisión consciente de qué cosas nos vamos a dar y qué cosas no, como haríamos con un niño pequeño que, a veces nos pide agua, y a veces nos pide más azúcar, Por ejemplo, si un día estamos tristes y creemos necesitar no salir y esto nos hace estar tristes, eso no es una necesidad, es una trampa que nos hace nuestro cerebro. De estas trampas tenemos muchas e identificando nuestras necesidades iremos diferenciando cuál es cuál.

Cuando, tras habernos escuchado, saciamos una necesidad y ello nos hace un bien, es que hemos aprendido a parar, a escucharnos y a cuidarnos, tarea nada fácil. De hecho, para la mayoría de las personas esta tarea requiere la intervención de un profesional, ya que el aprender a escucharnos y cuidarnos es una tarea compleja, que no aprendimos en su momento y que ahora tenemos la oportunidad de ir aprendiendo poco a poco. Es como aprender un idioma nuevo; por eso, lo recomendable es ir a un profesional que te guíe y te ayude en este proceso, para aprender a estar contigo mismo y cuidarte.

 

Ferran Vilalta Abella

Psicólogo emocional de Unidad Focus

 

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