Entre la carretera y el barranco – parte 3 de 12 – los límites

Entre la carretera y el barrando (Los límites)

¿Entonces, no debemos poner límites a los chicos? ¿Les dejamos hacer lo que quieran?

Esta es la pregunta más habitual que me hacen los padres. Claro que no. Los límites y las normas son una expresión de amor, son muy importantes ya que, sin límites, no hay protección y, sin protección, no hay amor. Pero no todos los límites protegen y no todas las formas de poner el mismo límite son iguales. La clave está en que estos límites hagan aumentar la confiabilidad y congruencia parental. Los límites mal puestos o incongruentes deben pagarse, contrarrestarse o equilibrarse, es decir, los límites deben compensar al individuo. Si yo no encuentro un equilibrio entre obedecer a mi jefe y el salario que me paga, me rebelaré o me iré, claro que los niños no pueden irse.

Para que un chico acepte un límite, la figura de autoridad debe ser un referente para él, debe tener criterio y ser congruente, si no, se romperá ese equilibrio y el chico no aceptará esos límites. Además, hay que tener en cuenta la confiabilidad acumulada. Si de repente hiciéramos un cambio y comenzásemos a hacerlo bien, tampoco funcionaría si no reparamos todo el daño anteriormente realizado siendo además constantes en este cambio durante un largo periodo de tiempo.

La pauta general en TND es límites muy anchos pero firmes, es decir, autopistas con gran movilidad y permisividad, pero, donde termina la autopista, un muro de metacrilato. La flexibilidad no nos va ayudar porque genera desconfianza. No pueden existir excepciones o todo serán excepciones. No puede haber flexibilidad o mantendrán siempre la cuerda tensa. Para estos chicos la carretera termina donde termina el asfalto, no en la línea blanca. Tenemos que dejar muy claro y sólidamente donde terminan sus opciones, dándoles mucho más margen de acción que el que dejaríamos con cualquier otro chico.

Pero es que ellos no ven que su carretera tiene al lado un barranco.

Lo saben, pero creen que pueden controlar, que pueden correr a toda velocidad entre la carretera y el barranco. Por eso, nosotros debemos ser sus quitamiedos, pero permitiéndoles ir por él margen y poniendo quitamiedos solo donde haya barrancos. Para que vean que realmente solo ponemos barreras ante peligros reales.

Otro punto de lo más importante es saber separar entre límites propios («YO no te dejo mi coche») y límites ajenos («TÚ no te pongas esa falda»). Los límites que les pongo a los demás sobre mis ámbitos y los límites que les pongo sobre tus ámbitos. Los límites ajenos que yo no pueda corroborar como de riesgo real, es decir, que tienen un impacto negativo directo en la persona, son muy caros y, de no pagarlos, se entra en bancarrota, en la pérdida total de credibilidad. Es fundamental ser verdaderos economistas, haciendo buenas inversiones a corto o a largo plazo para siempre tener crédito en nuestro banco de la autoridad.

¿Qué quieres decir con pagar los límites?

Que me merezcan la pena. A mí me merece la pena que un policía me pare por la calle y me registre si lo considera oportuno porque, si me roban, yo no correré tras el ladrón, ni me liaré a tiros con él. Pero, si compruebo que me roban frecuentemente y la policía no hace nada, o es corrupta, ese vínculo se romperá. Empezaré a ver a la policía como un enemigo al que hay que obedecer por miedo y es aquí donde el TND se rebela, ya que no acata las normas por miedo y solo las acepta por autoridad real, por credibilidad.

Entonces, ¿una de las claves es aplicar bien la autoridad?

Sí, si somos capaces de comprender qué quiere decir la palabra «autoridad». Tú me estas entrevistando, porque me consideras una autoridad en trastornos de conducta. Sin embargo, hasta ahora, yo no te he dado ninguna orden, no te he castigado, reprimido o reprochado nada. No me tienes miedo y no te obligaré a hacer nada que no quieras hacer. Ahí está la clave. La autoridad no necesita obligar porque tú ya crees en lo que te dice. Si lo necesitara, no sería autoridad, sino obediencia y sumisión.

¿Nunca debemos obligar a nada a nuestros hijos?

Ya sabes que sí. Algunas veces es necesario obligarles a hacer cosas, muchas cosas de hecho. A todas las cosas vitales y que de verdad importan, pero todas estas cosas a las que obligamos a nuestros hijos, por un bien futuro o poco tangible, les tienen que merecer la pena en comparación con todas las cosas que nuestros hijos obtienen de nosotros. Por ejemplo, claro que lo llevaré al médico, aunque no quiera y le pondrán una vacuna que nunca sabrá para qué se la puso, porque tampoco contraerá esa enfermedad. Pero, si en mi casa me siento escuchado y respetado en general, si confío en mis padres y en su criterio, pero un día me toca algo malo… lo toleraré, incluso aunque no lo comprenda ni esté de acuerdo. Ahora, si normalmente no me siento comprendido, si me gastan el nombre gritándome todo el día para que haga cosas desde mi punto de vista absurdas, como que haga la cama, pues cada vez creeré menos en mis padres y cada vez mis padres entrarán más en bancarrota… hasta que sienta suficiente opresión para empezar a sacar algunas de las respuestas tipo, entre otras, la del TND.

El TDN es un enfado desmesurado y todas las personas que se enfadan se enfadan por algo. El trastorno es porque el enfado es desmesurado, así como su conducta. Todas las personas del mundo tienen sus buenas razones para hacer lo que hacen, para pensar lo que piensan, para sentir lo que sienten. Eso no quiere decir que todas las acciones, ideas o emociones sean las adecuadas, adaptativas o justificables. Lo que está claro es que, si no comprendemos por qué se producen, difícilmente vamos a poder establecer vías de acción adecuadas para modificar los patrones desadaptativos. Este será uno de los puntos fundamentales en la intervención en TND.

¿Entonces la estrategia del TND es la misma estrategia que la de cualquier trastorno de conducta?

No, ambos tienen el enfado desatado y ambos tienen disociada la tristeza, por eso se encuentran en el mismo grupo de psicopatologías, pero tienen diferentes matices. La estrategia de un trastorno de conducta consiste más en la coacción por violencia. La persona usa la fuerza para que, ante el miedo, el entorno satisfaga sus demandas. Esto ocurre, por ejemplo, en el caso del «síndrome del emperador» también conocido como «hijos tiranos», que consiste en un trastorno de conducta inducido por una excesiva permisividad y complacencia de todas las demandas del niño, que nunca ha tenido que afrontar la frustración de encontrarse con ningún tipo de límites. Este síndrome, a pesar de tener mucha fama y salir mucho en noticias, tiene una prevalencia mínima en comparación con la del TND y muchos profesionales los confunden. El problema de esto es que sus intervenciones son muy diferentes, casi opuestas y eso genera muchos fracasos terapéuticos. A diferencia de este y otros trastornos de conducta, en el TND la estrategia no consiste en que se haya aprendido a salir ganando con el uso de la agresión, sino de la necesidad del individuo de poner a prueba la vinculación de su figura de referencia. La agresión supone una prueba de incondicionalidad. Incluso, cuando busca esta incondicionalidad en figuras que, por definición, deberían ser condicionales, como una pareja, o un profesor.

Creo que necesito un rato para procesar esto.

Tómate el tiempo que necesites.

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