Duelo en la infancia o adolescencia

Duelo en la infancia o adolescencia

Entendiendo el duelo no sólo como la pérdida de un ser querido, sino como una serie de sentimientos, comportamientos y emociones ante la pérdida de alguien o de algo significativo para la persona. Vivimos pérdidas en cada paso que avanzamos en nuestras vidas: pérdidas de objetos, de lugares, de personas, de trabajo, de relaciones, de metas y de sueños, de ideales, de juventud, etc.

Cada pérdida es una experiencia que se vive de forma única, íntima y podemos sentirla de maneras muy distintas según la persona. Cada pérdida, supone una nueva manera de enfrentarse a la vida y un aprendizaje para continuar adelante sin esa persona, o sin ese algo significativo que ya no está.

Puede llegar a ser un proceso muy doloroso, en el que podemos cambiar nuestra manera de sentir, en el que nos podemos sentir desorientados y experimentar el vacío.

Ante la pérdida de una persona cercana, nadie ha ensayado cómo elaborar un duelo ni sabemos cómo vamos a afrontar la muerte de un ser querido. No es un camino con atajos ni tiene una duración concreta.

Es necesario entender que se trata de un proceso que necesita tiempo, no es una situación que se vaya a resolver de manera inmediata. Además, es un proceso activo y dinámico que va teniendo fluctuaciones y no veremos algo lineal de peor a mejor, más bien observaremos altibajos. Esto no tiene que asustarnos, significa que podemos hacer cosas y que no se trata de sentarnos a esperar a que pase la tempestad, sino que podemos trabajar en las emociones que vayan apareciendo durante el camino y, así, ir elaborando la pérdida.

el proceso de duelo

Se trata de un proceso natural que nos produce diferentes reacciones y, evidentemente, nos remueve emocionalmente. Es frecuente y normal que ante un cambio así en nuestras vidas, haya una repercusión tanto a nivel físico, emocional, psicológico, cognitivo, relacional, comportamental, social y espiritual. Aun no siendo una enfermedad o un trastorno, si perdurase en el tiempo, podría desencadenarse un duelo complicado, patológico o no resuelto que Horowitz (1980) define como aquel cuya intensificación llega al nivel en el que

“la persona está desbordada, recurre a conductas desadaptativas, o permanece inacabablemente en este estado sin avanzar en el proceso de duelo hacia su resolución”.

En el caso de los niños, hay mucha variabilidad en función de su edad, su capacidad cognitiva y su madurez emocional son muy distintas a los cuatro años que a los doce.

Generalmente, los niños van a manejar una idea limitada de la muerte acorde con un pensamiento mágico, que tiende a la literalidad y a ser más concreto. Es decir, no entienden el lenguaje abstracto, interpretan los hechos tal y como son. Sin embargo, la muerte se suele vivir como algo reversible, dentro de sus rutinas cíclicas, entienden muerte y vida como esta misma rutina cíclica, y esperan que después de la muerte vuelva a aparecer en vida (irreversibilidad).

Además, se añade a la dificultad de hablar de la muerte en nuestra cultura, el miedo a explicar adecuadamente a un niño qué es y qué alteraciones puede tener en su vida, lo que lo convierte en un tema tabú.

Como es natural, por su edad, no controlan tampoco otros conceptos, como el de universalidad (todos los seres vivos mueren en algún momento) o causalidad (el cuerpo deja de funcionar y cesan todas las funciones vitales). Estos conceptos necesitarán ser explicados por sus figuras de apego, de las que necesitarán no sólo apoyo emocional, sino respuestas a sus dudas. Y así, cuando somos niños, nuestro concepto de la muerte va madurando con nosotros, a través de las vivencias que va teniendo y de cómo afrontan esas situaciones los adultos con los que convivimos.

En definitiva, cuando el adulto trabaja su propio duelo y lo pone en el foco, el niño tendrá una figura segura y disponible emocionalmente, no perdida en el dolor. Para que se haga un buen proceso de duelo, debe sentir el permiso de poner voz a lo que va sintiendo de forma natural, de poder preguntar abiertamente y sentir la protección de los adultos.

Cuando encontramos dificultades en este camino, no debemos olvidar que podemos buscar ayuda en un profesional que nos ayudará a sobrellevar el dolor por la pérdida.

Carla Rodríguez

Psicóloga en Unidad Focus

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