Me ayudaría que esperes a que necesite tu ayuda

A veces tus mejores intenciones simplemente están mal enfocadas y tu mejor intento fuera de lugar. A veces, no eres la persona indicada y hacerte a un lado y asumirlo es la única respuesta acertada. Amar a alguien no te da derechos sobre su persona y el que quieras lo mejor para ella no significa que sepas lo que necesita.

¡Au! ¿Verdad? Resulta llamativo como unas frases llenas de cosas como mejor intento, amar, querer lo mejor, pueden sonar a dar una bofetada y, al mismo tiempo, hacer que casi todos podamos vernos reflejados en algún momento donde se nos aplicaban. Todos hemos pasado por esas situaciones en las que nuestros padres o amigos trataban de aconsejarnos y nos parecía que no se enteraban de qué nos ocurría y solo queríamos que nos dejasen en paz u ocasiones en las que notábamos que alguien realmente quería ayudarnos, pero sabíamos que, en realidad, no podía hacer nada. A todos, alguna vez, nos han dado soluciones cuando solo queríamos que nos escuchasen y poder desahogarnos. Incluso, la frustración o la culpabilidad de esas personas que no podían ayudar se convertían en parte de nuestro problema.

Es frecuente en un entorno clínico encontrarse con casos en los que el llamado paciente no está listo para la mejora que se espera de él, no desea cambio alguno, no se percibe como un problema o cree que, antes de tratarse él, deberían tratar a sus cónyuges o padres, quienes le han traído a que le curen. Es natural también que esa necesidad de acudir a un profesional sea más por una necesidad percibida por la persona que trae al paciente, ya sea por los inconvenientes que le causa éste en convivencia o por el ansia que le provoca la circunstancia en la que se encuentra. ¿Quiere decir esto que nunca se debe buscar ayuda para una persona que no lo ha solicitado? Claro que no, todos hemos vivido un momento en el que nos han tenido que levantar del suelo.

Captura de pantalla 2016-12-01 19.12.07

El problema llega cuando intentamos ejercer un control externo no deseado por la persona. Dicho así suena muy técnico, pero también de esto contamos con ejemplos universales. Ese momento en el que sentías déjame a mí o ya sé hacerlo, cuando empezabas a ver que no necesitabas que te sostuviesen la cuchara o te llevasen de la mano, pero tu madre o tu padre aún no confiaban en ti como para dejar de ayudarte o aún no estaban listos para que dejases de ser pequeño. Ya casi adolescente se repiten esos días cuando sabías o creías saber que tenías todo bajo control para preparar un examen, en los que no necesitabas que te recordasen cada cinco minutos que tenías que estudiar. O esas mil veces en las que mamá preguntaba si ibas a salir así, con el frío que hacía, como si tú no supieses darte cuenta de si tenías o no frío, o no fueses capaz de darte la vuelta y coger un abrigo si al salir a la calle realmente veías que era necesario. Mamá y papá, preocupados siempre por algo más allá del hoy, algo que nunca veíamos venir.

La preocupación por el porvenir es algo que los niños no pueden comprender, pues aún no han vivido tanto como para ver aquello que para sus padres ha dejado de estar en el pasado y ya están viviendo, como un buen o un mal trabajo, un embarazo no deseado o el colesterol. Para los niños, ninguna de esas obligaciones como ser puntual, cumplidor o estudioso, tiene el mismo sentido que para el adulto. Ellos ven las consecuencias de niño como el papá enfadado, el profesor dando reprimendas o la madre preocupada. Incluso, al suspender todos los exámenes de un curso, no ven las consecuencias que los adultos realmente temen, como no encontrar un buen trabajo cuando sean mayores. Para ellos, llega la vergüenza, el miedo, la bajada de autoestima, etc. Cuando le reprochamos a un niño sus faltas, como su incapacidad para aprobar, sobre todo si lo acompañamos con un yo a tu edad sabía que tenía que estudiar, escuchaba a mis padres, etc. en parte le estamos diciendo yo triunfé, tu fracasas; yo soy bueno, tú malo; yo molo, tú no. Vemos en este ejemplo como las percepciones de un mismo problema son completamente distintas, por lo que las soluciones o las maneras de afrontarlo podrían serlo también.

Imagina por un momento que no tienes piernas. Imagínate delante de un paso de peatones a punto de cruzar. Imagina que viene un hombre, te coge en brazos y te cruza la carretera. ¿Le das las gracias? Es posible que sí. Imagina ahora que antes de que llegue el hombre estás pensando

¡Voy a cruzar este paso de peatones por mis narices, soy un luchador, puedo conseguirlo con mi esfuerzo!,

¿se lo agradeces entonces? Imagina, en último lugar, que te faltan las piernas, pero que no lo sabes y viene ese hombre y te coge. ¿Qué pensarías entonces?

Captura de pantalla 2016-12-01 19.16.05

Ser un buen apoyo, control externo o el sustento de alguien, pasa por pararse a observar y escuchar lo que realmente nos transmite esa persona. Al nacer los hijos, los padres y las madres empiezan a controlar sus vidas y ya, entonces, lo hacen mejor si se fijan en cuál es la necesidad real del pequeño. Si abrigas al pequeño hambriento, seguirá llorando y cada vez lo hará más desesperado. Curiosamente, en ese momento en el que el pequeño no puede hablar, los padres confían plenamente en lo que el pequeño les dice pero, al ir cobrando consciencia el hijo, se pueden dar dos malas vías de acción respecto a ese apoyo. Es frecuente ver a madres desesperadas porque los desagradecidos de sus hijos no hacen más que enfadarse cada vez más, pese a todo el esfuerzo que están haciendo y el dinero que están gastando para que ellos mejoren. Si cada vez que tratamos de hacer algo por alguien, nos pone mala cara, nos responde con un grito, se enfada con nosotros, etc. pese a ir cargados de nuestras mejores intenciones, es probable que no estemos teniendo algo en cuenta.

Una de las dos malas vías de acción es atribuir equívocamente el que, con la consciencia, llega la sabiduría y que los niños deberían comprender los argumentos cargados de razón que sus adultos preferidos les proporcionan. ¿Cuándo empieza un adulto a entender los tiempos y espacios que requiere lavar una prenda de ropa? ¿Cuándo se da cuenta de que la lavadora tiene una capacidad limitada en el tambor, que luego hay un espacio limitado en el tendedero para secar la ropa, que la ropa húmeda huele mal si se deja en la lavadora y que, por eso, mamá parecía estar obsesionada con el tema solo por tener que organizar la ropa de los cinco de casa? Empieza a hacerlo por sí mismo, en su casa, sin ayuda, igual que comprende que debería haber comido más verdura el día que el médico le dijo que tenía que dejar el azúcar y no cuando mamá le insistía. Esto no implica que no sirviese de nada decírselo, pues para acabar y ver el puzle completo, alguien tenía que darle las fichas, pero hay que saber cuándo esperar que una persona vaya a comprender tanto como nos gustaría y no enfadarnos y hacer reproches porque no lo comprenda inmediatamente en profundidad.

La otra mala vía de acción es no saber soltar, no poder ver en qué ocasiones es el pequeño el que debe pedir ayuda antes de instruccionarle o llevarle un saco de soluciones corriendo. Por ejemplo, una madre lleva de la mano a su hijo para que no corra, pero el niño quiere correr y tira y tira y su madre se enfada con él y tira cada vez más fuerte. Ambos acaban enfadados y, al día siguiente, cuando mamá no le sujeta, el niño corre y cae igualmente y su madre le dice ¿Ves? El niño aprende que sin su madre, se caerá. O el niño corre y no cae y aprende que su madre se preocupa por nada, miente o exagera. Pongamos que el niño el primer día iba con su madre y quiere correr y su madre le sonríe y solo le dice cuidado, por si tropiezas mientras se aleja a toda velocidad. Si no se cae, no ocurrirá nada, quizá crea que es muy rápido y seguramente no dude de que su madre esté encantada con que juegue y sea tan dinámico. Si se cae y le duele poco, seguirá jugando sin más. Si le duele mucho, acudirá a mamá, quien se preocupará de darle un besito o cualquier cuidado oportuno y él aprenderá que mamá es un puerto seguro, el lugar al que volver si tropieza y necesita ayuda.

Si nos precipitamos en tratar de ayudar a alguien, en algo que no sea realmente urgente, podemos provocar una resistencia que nos impedirá ser bien acogidos cuando realmente se nos necesite.

Todos hemos sido niños y hemos tenido madre y a todos nos han enseñado como buenamente han podido personas a las que, a su vez, también enseñaron como buenamente pudieron otras personas con preocupaciones siempre diferentes para cada tiempo y circunstancia. Por suerte, el conocimiento que tenemos va progresando, va acumulándose, aprendiendo de los errores y explorando nuevas soluciones y, así, vamos enterándonos de cómo se puede mejorar lo previo. Que eso suceda se debe en parte a que la disposición natural de los padres, tanto de hoy como de hace cincuenta años, es la de conseguir hacer lo mejor por y para sus hijos. La desventaja es que hoy la información está al alcance de todos debido a internet y nos sentimos abrumados por la gran cantidad de maneras que hay de cómo hacer las cosas, de cómo criar a los hijos, de cómo solucionar los problemas de pareja, etc., y a todo aquel que cree saber cómo se hace algo, a menudo, le da por juzgar y aumenta aún más la presión y se olvida de que, un segundo antes de saber hacer eso, estaba en la misma situación que la persona a la que juzga.

Este texto es, principalmente, una reflexión, un momento en el que pararse a pensar en todas esas situaciones en las que anteponemos una frase como es por su bien a algo tan básico como escucharle o esperarle o preguntar a un tercero, antes de ser categóricos en cuanto a lo que se debe o no se debe hacer. Igual que un psicólogo acude a otro en busca de consejo o deriva un paciente si considera que no puede tratarlo, tenemos que detenernos a evaluar la forma en la que estamos ayudando a quien nos importa. La prisa es la que convierte todo en algo más difícil de abarcar y procesar. Para el miedo a no estar haciendo lo correcto o no estar haciéndolo a tiempo, la solución es la misma, darse un tiempo, ya sea para escuchar o para preguntar, para pensar, para respetar que necesitamos ese tiempo y, a la vez, para recordar que los demás también necesitan ese mismo respeto a sus tiempos.

Xabi Pensado psicóogo en Unidad Focus

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *