¿Amor inconstante?, como interrumpir un antibiótico

“La gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia”.
(Ovidio).

“El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura”.
(Miguel De Unamuno).

A lo largo de los años como psicólogo he topado con una serie de elementos de la convivencia entre padres e hijos que parecían árboles ocultos a simple vista en el bosque. Como el poder poco valorado de una buena escucha o el efecto a menudo ninguneado de un silencio bien empleado.

Hoy me apetece escribiros acerca de uno de los más necesarios a lo largo de un proceso terapéutico o de mejora de la convivencia en cualquier familia, LA CONSTANCIA con mayúsculas y en negrita.

Debo empezar hablando de cuando la constancia es una enemiga. Sin una buena orientación que nos coloque en la dirección correcta y unos buenos railes que nos indiquen el camino que no se debe abandonar, a menudo los padres hacen estupendamente esto de la constancia, estupendamente como pueden, estupendamente… como se les ha enseñado, lo cual en ocasiones es lo que ha ocasionado, mantenido o agravado un problema o varios. Aunque cualquiera que haya leído hasta aquí ya se huele lo que viene, lo pondré en aras del hilo narrativo: Si se da una conducta nociva para los niños ya no solo en una ocasión, sino mantenida en el tiempo, como gritarle, abofetearle o aplicarle normas incoherentes, podemos estar ocasionando un daño a su autoestima, su autoconcepto, provocándole ansiedad, volviéndolo agresivo o simplemente alejándolo de nosotros, lo cual de por sí ya es nocivo, pues un vínculo familiar fuerte y sano es un poderosísimo factor de protección contra la patología mental.

Obviamente lo primero es encontrar ese rumbo, lo cual muchas madres logran poner en marcha, acudiendo por ejemplo a especialistas para evaluar a sus hijas y tratarlas, pero aquí es donde empieza a tomar relevancia el tema de hoy. A menudo a las familias les cuesta bastante dar ese primer paso de acudir a consulta y cuando lo logran, no siempre tienen claro lo que ocurrirá a continuación. Es frecuente que adopten una actitud de entrega, de “haremos lo que sea necesario”. El problema es que “lo que sea necesario” puede ir muy en contra de lo que tenemos automatizado, o la problemática puede ser tan compleja como para que “lo que sea” que pueda un padre dar, no sea suficiente, o al menos, y aquí está la clave, no sea suficiente darlo todo una sola vez, con intensidad, sino dar lo mejor que se pueda de forma CONSTANTE.

Antes de la adolescencia los niños conforman su forma de ser y de ver el mundo en gran medida en base a cómo se relacionan con sus padres día a día. Rara vez una niña se vuelve insegura de golpe, lo más frecuente no es un gran trauma que la cambia radicalmente, sino un goteo constante de interacciones con los demás, en especial, con sus figuras de referencia. Del mismo modo, no es extraño que modificar las creencias de una persona o permitirle que deje de necesitar los mecanismos de defensa que ha ido adquiriendo con los años, lleve tiempo y requiera una frecuencia y cantidad de interacciones de calidad bastante numerosas, como las que la llevaron a estar mal. ¿Quiere esto decir que si una niña de 14 años lleva mal 10 necesita esa cantidad de años para estar bien? No tiene por qué.

Por suerte, el hacer explícito el proceso acelera las cosas y el bienestar puede levantar menos defensas que el daño, (aunque en fases iniciales puede levantar suspicacias y defensas).

La cuestión es que cuando la terapia no “arregla al niño” de inmediato, muchos padres en momentos de estrés vuelven a emplear aquellos recursos que tenían interiorizados de siempre, ya sea porque empiezan a cuestionarse la terapia o porque cuando pierden el control, las viejas costumbres afloran. El caso es que parte del éxito terapéutico radicará en la capacidad de los padres de mantenerse intolerantes consigo mismos en cuando a varios temas que en realidad son solo uno: no se cancela El Amor. Aquellas técnicas, pautas y demás que se trasladan a los padres para lograr una buena gestión emocional, una estabilidad en el hogar, mejor comunicación, comprensión de las patologías, etc. Son pautas que buscan la felicidad de la persona, por lo que llevarlas a cabo de la mejor manera posible implica hacerse responsable de administrar la dosis indicada por el doctor de Amor, De forma Constante. Del mismo modo que un padre que ama a su hijo, cuando está enfermo y debe tomar antibióticos no cesa en administrárselos por un enfado, se comete a menudo el error de creer que el daño psicológico no es igual de importante. Quizá no sea tan fulminante como una neumonía, pero el daño emocional es perjudicial a muchos niveles, no solo el colesterol produce problemas de corazón.

Imaginaros ese momento de debilidad, ese instante donde el pequeño vuelve a sacaros de quicio, donde pesa todo el esfuerzo que ya habéis hecho por hacer caso al psicólogo y aún así este… este… angelito… no da nada a cambio, en ese momento el cuerpo pide gritar o zarandear, es en ese momento donde podéis estar a punto de dar un paso atrás.
Si, lo sé, no es tan fácil, no siempre se puede lograr, todos somos humanos y todos tenemos un mal día o veinte de ellos y si nuestros pequeños están mal, nuestro estrés está más afectado.

No pretendo con este artículo mangonearos para que seáis super padres, en realidad lo que busco es que veáis una verdad obvia que a menudo se difumina cuando más necesitamos tenerla clara, que el quererlos todo el tiempo es lo que más necesitan. La vida adulta es de por sí estresante y nos arrastran la rutina y los tiempos del mundo laboral y académico de los niños, pero recordad, cuando lleguéis tarde del trabajo y vuestra hija venga a charlar, es momento de sacar ese esfuerzo que os han demandado el resto del día y aplicarlo a lo que de verdad importa. Un amor ininterrumpido y constante .es el mejor rail que se puede seguir.

Xabier Pensado Malleu

Psicólogo en Unidad Focus

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